La tarde había llegado a ese momento mágico en el que la luz y las sombras se funden y surge la noche. Los clientes, bronceados y elegantemente vestidos, han ido llegando poco a poco, en pequeños grupos, por parejas o solos. Tan pronto como detienen sus autos, a la puerta del lujoso local, un aparca coches acude presuroso y, se ofrece para aparcar el coche en lugar seguro. A partir de ese instante el cliente se siente como el ser más importante del mundo. Seguidamente, después de atravesar un paraíso de flores y lagos sembrados de nenúfares, acceden a la terraza-bar donde un atento y amanerado maître, pulcramente uniformado, les acompaña a sus asientos. Los sillones y las mesitas-veladores son de mimbre; en el centro de cada una de ellas, junto al cenicero de loza, luce una velita, que rompe las sombras mientras parpadea.
La terraza se ha llenado. El ambiente es cosmopolita y resuma glamour. Los clientes charlan animadamente. Es la hora cumbre y mágica de la tarde, el cenit de la velada donde todo es sonrisa, cortesía y buenas maneras. Ante el piano de cola, un hombre de mediana edad, vestido de impecable smoking blanco y pajarita roja, de mirada indolente y aspecto bobalicón, trata de animar la velada. Mientras sus manos se mueven por el teclado de marfil, su voz gangosa desgrana una melodía que nadie escucha. Pero cumple con su cometido. El está allí para amenizar las tardes aunque, como artista que es, le agradaría ser escuchado y ovacionado, aunque solo fuera por educación. Pero los clientes son así, y no acuden a un lugar tan chick para escuchar a un derrotado pianista que, al fin de su carrera, ha quedado relegado a tocar para nadie. De vez en cuando acerca la copa a sus labios y da un largo trago. Aquel elegante y anónimo músico es uno más que, en las tardes veraniegas, pone su voz y su música al servicio del veraneante de turno. No son muchos, ni tampoco proliferan las terrazas de moda donde un artista intenta endulzar la noche con sus melodías. Sin embargo, una de esas terrazas, por no decir la única, la preferida por la crême de la crême internacional para tomar sus aperitivos antes de pasar a la mesa, es la que nos ocupa. Es una tarde de verano como otra cualquiera de Agosto. La terraza presenta un lleno absoluto de gente variopinta que hablan y ríen al amparo de árboles centenarios, mientras el ambiente es perfumado por veteranos jazmines y damas de la noche. Da la impresión de que el tiempo se ha detenido en el mismísimo paraíso. Sólo falta el canto de los pájaros para hacerlo idílico. Mas no todo es glamour ni caras famosas. Porque allí, como cada tarde, además de nuevos ricos, nobles en ruina, alguna prostituta de lujo, aventureros en busca de viudas ricas y famosos que dejaron de serlo tiempo ha, suelen acudir personas que sueñan con codearse, aunque solo sea por un rato, con el famoso de turno, el escritor de moda, el sultán de no sé qué sultanato o con algún príncipe destronado. Tampoco suele faltar entre aquella mezcla heterogénea, simples damas como doña Elvira, viuda de un coronel de infantería y su hija Jovita, joven madurita y en edad de merecer, cuya primavera, si no se da prisa, pronto pasará. Madre e hija están sentadas en un estratégico rincón desde el que pueden observar, sin perder detalle, cada rincón de la terraza y la amplia barra, amén de la barra y las dos entradas por donde salen y entran continuamente los clientes. Huelga decir que han elegido aquel estratégico rincón desde el que, con toda seguridad, no perderán detalle, una posición inmejorable para la caza de rostros famosos y menos famosos que se agolpan en la barra con la copa en la mano y la mirada perdida en ninguna parte.
La noche promete y, mientras avanza, se llena de encanto y magia, aderezado por la voz del pianista que, en aquel instante, envuelve la noche con las notas de Extraños en la noche. “Se rumorea- le dijo secretamente uno de los camareros a petición de doña Elvira- que un cantante de moda y un escritor famoso, aparte de algún que otro conde, se dejarán ver por aquí esta noche”. Por eso, cada vez que entra algún nuevo cliente, todas las miradas le siguen. Nadie pierde detalle, parecía como si todos quisieran apuntarse el tanto de ser los primeros en vislumbrar la estrella de la noche.
Así fue transcurriendo la velada. Se prodigaron las falsas alarmas y también los brindis, hasta que apareció él, o mejor dicho hasta que Jovita se percató de su presencia. Se trataba de un caballero que estaba sentado sobre un taburete junto a la barra. La inocente muchacha, cuando ya había perdido la esperanza, le miró y él sonrió. Entonces el corazón anhelante de la muchacha dio un vuelco, después otro, y muchos más hasta casi perder el pulso que ya estaba disparado. Cerró los ojos para serenarse. Ya no era una quinceañera para perder el aliento por culpa de la sonrisa de un hombre, aunque estuvo a punto de suceder. Cuando de nuevo abrió los párpados, ya más serena, miró de nuevo al apuesto galán que seguía allí con la vista clavada en ella. Fue entonces, cuando ya estaba segura de su conquista, que se lo comunicó a su madre.
-Madre, en la barra hay un señor guapísimo, que me está mirando.
-¿Qué dices hija? Con la música no te he oído bien.
-Digo, que en la barra hay un tío que me está comiendo con la vista.
-¿Dónde, hija? ¿A quién te refieres? –preguntó doña Elvira al tiempo que se calaba los lentes.
-Allí, madre; frente a nosotras, en el extremo de la barra.
-¿Y dices que le conoces?
-¡Yo que sé, madre! Está en la barra, pero, por favor, no mires ahora que se puede dar cuenta…
-Pues, yo no veo a nadie… especial –puntualizó doña Elvira.
-Sí, madre. Va vestido con un pantalón beige y una camisa azul de manga larga. Parece un hombre bastante maduro, pero es tan atractivo…, madre. Cuando me mira, hace señas con los ojos, unos ojazos como luceros. ¡Qué horror! ¡Qué atrevimiento, madre! El caballero me ha guiñado el ojo… ¿Qué debo hacer? Dime qué debo hacer, tú que tienes experiencia… Me estoy poniendo nerviosa… ¡Ay, Dios mío! ¡Hace tanto tiempo que un hombre no me mira así…!
Jovita se mueve nerviosa en su asiento. Los colores suben y bajan a su rostro de la misma manera que sube y baja la música.
-¡Cálmate, hija, cálmate! –ordena doña Elvira-. Ante todo debes aparentar serenidad, mucha serenidad. Que no se note que estás lampando por un novio. Esa es la regla número uno. Regla número dos: Compórtate como si no fuera contigo, ni te interesara. No debes hacer otra cosa, hija. Tú, mantén la compostura. No olvides que eres una muchacha formal y decente, y no como esas pelagarzas que andan sueltas por estos lugares… Pórtate como si el difunto de tu padre estuviera aquí. Con decencia.
-Sí, madre. Pero por culpa de la decencia aún estoy soltera. En cuanto a mi padre hace ya muchos años que se fue de este mundo y yo, madre, sigo aquí, muy decente, pero más sola que la una…
-¡Jovita, hija! No desesperes. Me tienes a mí; además, no olvides que “matrimonio y mortaja del cielo baja.”
-Madre, déjate de refranes que no está el horno para bollos. ¡Mira, mira, ahora me ha tirado un besito! Es un tío muy atrevido. Como a mí me gustan: avasalladores y canallas…
-¡Niña! ¿Qué dices? Hija, estás desvariando –le amonesta doña Elvira-. Ponte seria, en tu sitio. Y no le des pie a otra cosa. Ya sabes como son los hombres: le das la mano y te agarran el brazo, o lo que pillen… Pero en fin, lo más importante es ver si está casado. Agudiza el ojo y mira si lleva anillo, hija. Porque a estos sitios de lujo acuden muchos hombres casados en busca de ligue, y después si te vi de ti no me acuerdo. ¡Si lo sabré yo! Recuerdo una ocasión…
-Madre, deja de contar tus aventuras. Eso ya es agua pasada que no mueve el molino.
-No mueve molino, pero sí los recuerdos. Ya verás cuando llegues a mayor y pienses en este momento… , te parecerá histórico.
-¡Calla, madre! El muy ladrón se ha levantado y, con el vaso en la mano, viene hacia aquí. ¿Qué debo hacer? ¿Cómo he de saludarlo? ¿Qué debo decir, madre? ¡Ay qué calor y qué sofoco me ha entrado de pronto! –suspira la joven.
-Tú, no le mires. Hazte la interesante y cuando llegue aquí, déjamelo a mí, que yo sé cómo lidiar a ese toro. Para eso soy tu madre y tengo experiencia, hija –aconseja doña Elvira.
-Eso, madre. Está como un toro y… de los bravos. Es como una fiera sonriente que sortea mesas y esquiva a la gente para acercarse… Parece un torero. ¿Será torero?
-¡Déjate de toreros, hija! Que no traen sino cuernos… -afirma doña Elvira.
La muchacha, con el corazón latiendo a cien y la sangre agolpada a sus sienes, cierra los ojos por un instante. Intuye el momento en el que él la abordará. Cree que todo es producto de un sueño y que aquel momento no es sino fruto de su imaginación, de tantas veces como soñó con un apuesto galán como el que se acerca, sonriendo.
Jovita no da crédito a lo que sucede. Porque una conquista así, tan rápida, en un sitio de tanto lujo, con tanto caché, no puede ser verdad. ¡Qué ilusión, Dios mío! –vuelve a suspirar mientras sigue con sus ojos entornados.
Cuando abre los ojos ve cómo el apuesto galán, sonriente y seductor, pasa por su lado y se detiene justo detrás de ella para saludar, efusivamente, a “otra” joven solitaria, con la que entabla un rápido diálogo. Madre e hija, sin poderlo evitar, giran sus cabezas justo al tiempo que el apuesto galán toma asiento junto a la “otra”.
Después se miran incrédulas y, sin mediar palabra, ambas se entienden. Su lenguaje es el idioma de la desilusión donde sólo los ojos hablan.
Pasan unos segundos eternos durante los que madre e hija permanecen rígidas y mudas. Jovita es la primera en balbucir unas palabras:
-¡Madre, tengo ganas de llorar! –dice la muchacha por lo bajito, para que nadie, ni ella misma, escuche esas palabras que la ahoga.
-¡Yo también, hija! Yo también…
-Pues, marchémonos. Esto es no es para nosotras.
-Y que lo digas, hija.
La noche se volvió más oscura que nunca. Las estrellas parpadeaban burlonas en el firmamento, y la luna, con su carita redonda, quizá sintiendo vergüenza ajena, se escondió tras una nube mientras madre e hija abandonaban la terraza de moda y de mucho caché. El ambiente había dejado de ser romántico, los jazmines ya no perfumaban el ambiente ni las velas, sobre las mesitas, brillaban como minutos antes. Ya nada era igual. De pronto, una equívoca sonrisa y una ilusión efímera, habían cambiado el encanto de una noche de verano. Y esa luz de ilusión, que de manera caprichosa iluminó intensamente el corazón de la joven, había cesado de brillar precipitándola al oscuro pozo de la desilusión.
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