martes, 7 de febrero de 2006

Primavera en el Corazón

El tren TALGO inició la marcha con la habitual puntualidad. Consulté mi reloj en un acto mecánico, sin mayor importancia: las nueve de la mañana. Entonces mi mente, como solía ocurrirme desde algún tiempo atrás debido tal vez a la edad o a la nostalgia, volvía a aquella época, ya lejana de mi niñez, en la que la puntualidad de los trenes era cuestionada, y con razón. Aquellos convoyes, remolcados por poderosas e impresionantes máquinas de vapor cuya sola presencia imponía respeto por las razones que fuese, no respetaban el horario marcado. No obstante a ello y a pesar de que entraba carbonilla y humo por sus ventanas, el viaje merecía la pena. El factor “tiempo” no tenía la dimensión que tiene hoy: daba tiempo a bajar para tomar café en la cantina, comprar bocadillos o un décimo de lotería si se terciaba. El viaje en tren era un acontecimiento y ahí estaba su charm, ese encanto que hacía exclusivo y misterioso embarcarte. Por eso y a pesar de todo, viajar en tren, siempre tuvo para mí un especial atractivo y mucho de aventura. Así lo recuerdo y en ello deleito mi pensamiento, sobre todo cuando viajo en este medio. Ahora todo eso queda tan lejos… Afortunadamente el recuerdo mitiga la nostalgia.

Aquella mañana, tan pronto como el tren inició su lento movimiento, cerré los ojos y me dispuse a dormitar en un intento, a menudo vano, para recuperar parte del descanso perdido por el madrugón. Era temprano. Aún disponía de una hora hasta que sirvieran el desayuno. Y, aunque en sesenta minutos no pudiera recuperar el sueño atrasado, al menos descansaría y mi mente viajaría al compás del monótono vaivén producido por las ruedas.

He de confesar que atravesaba una fase de la vida, tal vez debido a la edad, en la que no me conformaba con poca cosa, e intentaba arañar a la vida lo que antes había derrochado: tiempo.

En aquella ocasión viajaba a la capital de España. Uno de esos viajes que yo consideraba mitad placer y mitad obligación. Acudía a una de tantas eternas citas con mi editor en la que corregíamos mi última novela y discutíamos sobre literatura. Bien pensado, el madrugón, el viaje y todo lo demás, merecía la pena. Y aunque pareciera lo contrario, volver a subir al tren, pisar la capital de España, donde aparte de mi editor tenía buenos amigos, y enfrentarme a mi trabajo creativo, era un placer.

También olía viajar en avión cuando el tiempo apremiaba y no me quedaba otra alternativa. Pero mi medio de transporte favorito fue siempre el tren, enigmático, misterioso y romántico medio de transporte donde podría surgir la aventura, conocer gente y leer ese libro que en casa nunca llegas a abrir.

Me despertó una azafata que lucía una preciosa sonrisa. Consulté el reloj y me di cuenta de que había dormido un buen rato mecido por el chac,chac que producían las ruedas del vagón sobre los raíles de vía estrecha. La atenta auxiliar me informó, con exquisitos modales, de que habían comenzado a servir el desayuno y quería saber si tenía apetito y si deseaba tomar café o té. Mecánicamente me decidí por café, bien cargado: lo único que cada mañana lograba hacerme volver a la realidad. Después mi mente volvió a funcionar y puse en marcha mi habitual juego de curiosidad. Primero dirigí una mirada, un tanto vaga e imprecisa por la ventanilla, hacia un paisaje harto conocido por mí; un paisaje plagado de naranjos y limoneros de las huertas de la Vega Malagueña. Seguidamente me dediqué a observar, no sin cierta discreción, a mis compañeros de viaje. Frente a mí, a escasos veinte centímetros de mis piernas, una monjita regordeta, de cara redonda y mofletes rojos que contrastaba con la palidez de su cuello y frente. Al mirarla me di cuenta de que ella tenía los ojos clavados en mí, mirada que retiró no sin antes dirigirme una beatífica sonrisa, una especie de bienvenida al mundo de los vivos. A su lado un hombre maduro, de porte distinguido, bien vestido y de más o menos mi edad. Me fijé en sus zapatos. (Siempre me ha acompañado esa malsana y curiosa manía de mirar los zapatos de las personas; considero que son como una carta de presentación). Pensaba y defendía, a capa y espada, que un zapato lustroso era la mejor carta de presentación de una persona. Hubo una época, bastante puritana por cierto, en la que llegué a catalogar a las personas según su calzado. Los de aquel hombre relucían de puro limpios. Por lo tanto aquella persona merecía toda mi consideración. Después levanté la vista y observé que sus cabellos -segunda parte de mi inspección- eran grises, demasiado grises para la edad que aparentaba. Entonces deduje que ese blanqueo se debía, seguramente, al resultado de una vida intensa y plena de experiencias.

Lo cierto es que le confería un cierto aire de persona intelectual y que mi mujer habría catalogado como un hombre interesante.

-“Las canas te hacen más interesante” –me dijo en más de una ocasión-. A partir de ese momento las dejé estar y ya no volví a comprar, nunca más, esos tintes que al descolorarse manchan los cuellos de las camisas.

Aquella mañana el tren iba, como digo, medio vacío. Los asientos de mi derecha estaban libres y, si en Córdoba no subía nadie, yo aprovecharía para cambiar de asiento y disfrutar de más espacio e independencia. Me molestaba ir tan apretujado, y también, para qué negarlo, sintiendo la beatífica sonrisa de la monjita clavada en mí. Así podría estirar las piernas que, aunque eran muy largas, cada vez que las movía rozaba el hábito de la monjita que ella se apresuraba recoger. Pero todo mi gozo fue a parar a un pozo. El tren se detuvo en Córdoba y los asientos que estaban libres fueron ocupados. Uno de ellos, por un distraído viajero que estuvo a punto de echarme su pesada maleta sobre mi cabeza. Se trataba de un señor de avanzada edad que, nada más llegar y conseguir situar su equipaje en el sitio apropiado, se calzó los lentes y se puso a leer. La segunda, una mujer joven de unos veinte y tantos años, guapa, muy atractiva, que cruzó sus largas piernas tan pronto como tomó asiento. “Al menos, -pensé para mí-, voy a disfrutar de una agradable compensación. El viaje prometía y al menos había algo agradable donde dirigir la mirada. Pero no fui solo yo quién pensó de esa manera. Mi vecino, el de los zapatos lustrosos y la nieve en el pelo, también se percató de la joven pasajera a la que ya no volvió a quitar la mirada. Un hecho al que yo no le di mayor importancia y que consideraba casi natural. A cierta edad, y con las restricciones que impone la madre naturaleza, a nadie le amargaba un dulce y aquella joven lo era. Reconocía, en su justa medida, la belleza de aquellas piernas y el cuerpo de su propietaria, pero tampoco era plan de ponerse a mirar descaradamente a la chica. Por eso, como si de un mal pensamiento se tratara, aparté la mirada y volví a mi lectura. Así estuve hasta que, no recuerdo por qué motivo, tuve que apartar los ojos del libro. La monjita dormitaba, el señor mayor seguía inmerso en la lectura y el señor maduro de zapatos lustrosos estaba, ni más ni menos, ligándose a la guapa morena cordobesa.

Volví a mi libro y no presté más atención a mis compañeros de viaje. En realidad, no debía importarme lo que hiciera cada uno. Yo debía ir a lo mío: descansar y seguir con ese libro en cuya lectura no llegaba a concentrarme. La imagen del señor maduro haciendo mohines a la escultural morena rondaba mi cabeza y me hizo volver a mirar, con discreción, lo que allí pasaba. Efectivamente trataba de conquistar a la chica, lo que pude comprobar con mis propios ojos. Seguidamente me fijé en ella y pude comprobar que le seguía el juego, aunque contestaba con más discreción que agrado. Me pareció divertido. Me recordaba a aquellos ligones de playa que, reptando por la arena, se aproximaban a la sueca de turno y, como el que no quiere la cosa y en menos que canta un gallo, ya le tenían el brazo echado sobre los hombros. Ese pensamiento me arranco una sonrisa. Después sentí pena. Dos sentimientos opuestos y contradictorios que hoy, después de tantos años, no sabría decir por qué me asaltaron en aquella ocasión cuando ninguna de aquellas personas tenía nada que ver conmigo. No obstante seguí curioso al cruce de guiños, mohines y otros gestos intercambiados con la total ignorancia hacia el resto de los viajeros.

Mientras tanto, el tren circulaba a más de doscientos kilómetros camino de Madrid, yo, parapetado tras mi libro, observaba divertido aquel intercambio de promesas ilusorias que, lo más seguro, terminarían en nada, en una quimera pasajera, como todos los romances efímeros. La monjita había despertado y, ajena a aquel devaneo mímico y casi ridículo, tomó su breviario, segura, sin pensar que muy cerca de ella el mismo demonio bajo la forma de un caballero maduro, fraguaba un asalto amoroso. También había pausas, treguas en la que cada uno retomaba la compostura.

De vez en cuando el hombre maduro cesaba en su acoso. Consultaba el reloj con la preocupación reflejada en su cara, tal vez medía el tiempo que tenía para el asalto final, para rematar la faena, aunque por la expresión de su rostro se adivinaba la lucha que libraba en su interior para decidir el cómo y de qué manera acercarse a la morena sin que ello despertara la sospecha de los demás y no pusiera en entredicho a la chica que, a pesar de todo, era una desconocida. Yo ya había abandonado mi libro. Aquel espectáculo era mucho más interesante y no siempre se tenía la ocasión de asistir, como testigo directo, a una conquista en toda regla. De pronto se levantó y desapareció al fondo del vagón. Ignoro, y tampoco importaba mucho, si fue al baño o a tomar un café, lo cierto es que regresó a los pocos minutos y se sentó, “por equivocación”, junto a la chica de las piernas largas. “¡Qué despistado soy!” –le oí decir en tono de disculpa, buscando en la mirada de los demás un gesto de aprobación a su torpeza. Pero no se levantó. Aquel hombre, aparte de despistado, era un cara dura de tomo y lomo, un experto en el arte del abordaje, un viajero pirata que no dudaba en asaltar en pleno tren a la victima de turno. Seguidamente, y ya no me preocupé en disimular mi curiosidad, le tendió la mano y dijo llamarse Ernesto al mismo tiempo que exhibía su mejor sonrisa seductora.

No sé si la abordada respondió al saludo. Lo que sí me consta es que me miró y al verse observada, el rubor invadió su precioso cutis. Entonces yo aparté la mirada y ya no me atreví a dirigirles la mirada hasta que el tren llegó a la estación de Madrid Atocha. Apenas se detuvo éste los pasajeros comenzaron a recoger sus equipajes. Yo hice otro tanto pero ralentizando mis movimientos. Deseaba ver qué hacían, cómo se comportaban ambos. Por eso sé que bajaron juntos, como una pareja de viejos conocidos que se han vuelto a encontrar inesperadamente. Yo les seguía a corta distancia sin perder detalle. Caminaban lentamente debido, en parte, a la aglomeración de personas y equipajes y también por las pesadas maletas y bolsos que el señor maduro arrastraba penosamente. Su pierna izquierda claudicaba por el esfuerzo, aunque él hacía lo imposible para que aquella tara física pasase inadvertida. También noté el gran esfuerzo que hacía para parecer jovial, mantenerse erguido y aparentar una dignidad y soltura que ya había perdido tan pronto como sucumbió a los encantos de ella. Los años no perdonan, dije para mí, mientras veía el esfuerzo físico y el equilibrio psicológico de aquel muñeco de cabellos grises que, por emular al caballeroso don Juan, había sido relegado a la misión de maletero. Ella marchaba un poco adelantada, casi ignorándolo, como señora ante el criado que obedece y que por servilismo se queda rezagado, semioculto en su papel secundario. Así seguía, cargado de maletas y de vergüenza ajena, el hombre maduro que emulaba, quizá, a aquel otro muchacho que fue y que aún mantenía latente dentro de sí.

Y aquel sentimiento filantrópico de piedad se trucó, al verlo renquear como un falso joven, por una velada envidia. Yo ya no era capaz de tamaña aventura. Me daba miedo el ridículo proceder de las personas.

Fue en aquel momento volvió en mí el sentimiento de conmiseración. Me dio la impresión, tal vez me equivoque, de que la conquista no fue sino para que el hombre maduro con el otoño en las sienes y la primavera en el corazón, le sirviera de mozo. ¿Quién sabe?

Pronto les perdí entre la multitud de personas que iban y venían de todas partes, cruzando saludos y efusivos abrazos de bienvenida. Ya no les volví a ver ni tampoco volví a pensar en ellos durante toda la jornada. No, no les recordé hasta el momento que volví a instalarme, cómodamente, para iniciar mi regreso a casa. Entonces pensé en ellos, o mejor, dicho en él, y ese pensamiento me hizo sonreír de manera especial, aunque no sabría decir de qué manera ya que no tuve ante mí un espejo donde mirarme. Tal vez aquel hombre había sido mi propia imagen, esperpéntica figura de un hombre con la primavera en el corazón de los años.

Una ilusión Efímera

La tarde había llegado a ese momento mágico en el que la luz y las sombras se funden y surge la noche. Los clientes, bronceados y elegantemente vestidos, han ido llegando poco a poco, en pequeños grupos, por parejas o solos. Tan pronto como detienen sus autos, a la puerta del lujoso local, un aparca coches acude presuroso y, se ofrece para aparcar el coche en lugar seguro. A partir de ese instante el cliente se siente como el ser más importante del mundo. Seguidamente, después de atravesar un paraíso de flores y lagos sembrados de nenúfares, acceden a la terraza-bar donde un atento y amanerado maître, pulcramente uniformado, les acompaña a sus asientos. Los sillones y las mesitas-veladores son de mimbre; en el centro de cada una de ellas, junto al cenicero de loza, luce una velita, que rompe las sombras mientras parpadea.

La terraza se ha llenado. El ambiente es cosmopolita y resuma glamour. Los clientes charlan animadamente. Es la hora cumbre y mágica de la tarde, el cenit de la velada donde todo es sonrisa, cortesía y buenas maneras. Ante el piano de cola, un hombre de mediana edad, vestido de impecable smoking blanco y pajarita roja, de mirada indolente y aspecto bobalicón, trata de animar la velada. Mientras sus manos se mueven por el teclado de marfil, su voz gangosa desgrana una melodía que nadie escucha. Pero cumple con su cometido. El está allí para amenizar las tardes aunque, como artista que es, le agradaría ser escuchado y ovacionado, aunque solo fuera por educación. Pero los clientes son así, y no acuden a un lugar tan chick para escuchar a un derrotado pianista que, al fin de su carrera, ha quedado relegado a tocar para nadie. De vez en cuando acerca la copa a sus labios y da un largo trago. Aquel elegante y anónimo músico es uno más que, en las tardes veraniegas, pone su voz y su música al servicio del veraneante de turno. No son muchos, ni tampoco proliferan las terrazas de moda donde un artista intenta endulzar la noche con sus melodías. Sin embargo, una de esas terrazas, por no decir la única, la preferida por la crême de la crême internacional para tomar sus aperitivos antes de pasar a la mesa, es la que nos ocupa. Es una tarde de verano como otra cualquiera de Agosto. La terraza presenta un lleno absoluto de gente variopinta que hablan y ríen al amparo de árboles centenarios, mientras el ambiente es perfumado por veteranos jazmines y damas de la noche. Da la impresión de que el tiempo se ha detenido en el mismísimo paraíso. Sólo falta el canto de los pájaros para hacerlo idílico. Mas no todo es glamour ni caras famosas. Porque allí, como cada tarde, además de nuevos ricos, nobles en ruina, alguna prostituta de lujo, aventureros en busca de viudas ricas y famosos que dejaron de serlo tiempo ha, suelen acudir personas que sueñan con codearse, aunque solo sea por un rato, con el famoso de turno, el escritor de moda, el sultán de no sé qué sultanato o con algún príncipe destronado. Tampoco suele faltar entre aquella mezcla heterogénea, simples damas como doña Elvira, viuda de un coronel de infantería y su hija Jovita, joven madurita y en edad de merecer, cuya primavera, si no se da prisa, pronto pasará. Madre e hija están sentadas en un estratégico rincón desde el que pueden observar, sin perder detalle, cada rincón de la terraza y la amplia barra, amén de la barra y las dos entradas por donde salen y entran continuamente los clientes. Huelga decir que han elegido aquel estratégico rincón desde el que, con toda seguridad, no perderán detalle, una posición inmejorable para la caza de rostros famosos y menos famosos que se agolpan en la barra con la copa en la mano y la mirada perdida en ninguna parte.

La noche promete y, mientras avanza, se llena de encanto y magia, aderezado por la voz del pianista que, en aquel instante, envuelve la noche con las notas de Extraños en la noche. “Se rumorea- le dijo secretamente uno de los camareros a petición de doña Elvira- que un cantante de moda y un escritor famoso, aparte de algún que otro conde, se dejarán ver por aquí esta noche”. Por eso, cada vez que entra algún nuevo cliente, todas las miradas le siguen. Nadie pierde detalle, parecía como si todos quisieran apuntarse el tanto de ser los primeros en vislumbrar la estrella de la noche.

Así fue transcurriendo la velada. Se prodigaron las falsas alarmas y también los brindis, hasta que apareció él, o mejor dicho hasta que Jovita se percató de su presencia. Se trataba de un caballero que estaba sentado sobre un taburete junto a la barra. La inocente muchacha, cuando ya había perdido la esperanza, le miró y él sonrió. Entonces el corazón anhelante de la muchacha dio un vuelco, después otro, y muchos más hasta casi perder el pulso que ya estaba disparado. Cerró los ojos para serenarse. Ya no era una quinceañera para perder el aliento por culpa de la sonrisa de un hombre, aunque estuvo a punto de suceder. Cuando de nuevo abrió los párpados, ya más serena, miró de nuevo al apuesto galán que seguía allí con la vista clavada en ella. Fue entonces, cuando ya estaba segura de su conquista, que se lo comunicó a su madre.

-Madre, en la barra hay un señor guapísimo, que me está mirando.

-¿Qué dices hija? Con la música no te he oído bien.

-Digo, que en la barra hay un tío que me está comiendo con la vista.

-¿Dónde, hija? ¿A quién te refieres? –preguntó doña Elvira al tiempo que se calaba los lentes.

-Allí, madre; frente a nosotras, en el extremo de la barra.

-¿Y dices que le conoces?

-¡Yo que sé, madre! Está en la barra, pero, por favor, no mires ahora que se puede dar cuenta…

-Pues, yo no veo a nadie… especial –puntualizó doña Elvira.

-Sí, madre. Va vestido con un pantalón beige y una camisa azul de manga larga. Parece un hombre bastante maduro, pero es tan atractivo…, madre. Cuando me mira, hace señas con los ojos, unos ojazos como luceros. ¡Qué horror! ¡Qué atrevimiento, madre! El caballero me ha guiñado el ojo… ¿Qué debo hacer? Dime qué debo hacer, tú que tienes experiencia… Me estoy poniendo nerviosa… ¡Ay, Dios mío! ¡Hace tanto tiempo que un hombre no me mira así…!

Jovita se mueve nerviosa en su asiento. Los colores suben y bajan a su rostro de la misma manera que sube y baja la música.

-¡Cálmate, hija, cálmate! –ordena doña Elvira-. Ante todo debes aparentar serenidad, mucha serenidad. Que no se note que estás lampando por un novio. Esa es la regla número uno. Regla número dos: Compórtate como si no fuera contigo, ni te interesara. No debes hacer otra cosa, hija. Tú, mantén la compostura. No olvides que eres una muchacha formal y decente, y no como esas pelagarzas que andan sueltas por estos lugares… Pórtate como si el difunto de tu padre estuviera aquí. Con decencia.

-Sí, madre. Pero por culpa de la decencia aún estoy soltera. En cuanto a mi padre hace ya muchos años que se fue de este mundo y yo, madre, sigo aquí, muy decente, pero más sola que la una…

-¡Jovita, hija! No desesperes. Me tienes a mí; además, no olvides que “matrimonio y mortaja del cielo baja.”

-Madre, déjate de refranes que no está el horno para bollos. ¡Mira, mira, ahora me ha tirado un besito! Es un tío muy atrevido. Como a mí me gustan: avasalladores y canallas…

-¡Niña! ¿Qué dices? Hija, estás desvariando –le amonesta doña Elvira-. Ponte seria, en tu sitio. Y no le des pie a otra cosa. Ya sabes como son los hombres: le das la mano y te agarran el brazo, o lo que pillen… Pero en fin, lo más importante es ver si está casado. Agudiza el ojo y mira si lleva anillo, hija. Porque a estos sitios de lujo acuden muchos hombres casados en busca de ligue, y después si te vi de ti no me acuerdo. ¡Si lo sabré yo! Recuerdo una ocasión…

-Madre, deja de contar tus aventuras. Eso ya es agua pasada que no mueve el molino.

-No mueve molino, pero sí los recuerdos. Ya verás cuando llegues a mayor y pienses en este momento… , te parecerá histórico.

-¡Calla, madre! El muy ladrón se ha levantado y, con el vaso en la mano, viene hacia aquí. ¿Qué debo hacer? ¿Cómo he de saludarlo? ¿Qué debo decir, madre? ¡Ay qué calor y qué sofoco me ha entrado de pronto! –suspira la joven.

-Tú, no le mires. Hazte la interesante y cuando llegue aquí, déjamelo a mí, que yo sé cómo lidiar a ese toro. Para eso soy tu madre y tengo experiencia, hija –aconseja doña Elvira.

-Eso, madre. Está como un toro y… de los bravos. Es como una fiera sonriente que sortea mesas y esquiva a la gente para acercarse… Parece un torero. ¿Será torero?

-¡Déjate de toreros, hija! Que no traen sino cuernos… -afirma doña Elvira.

La muchacha, con el corazón latiendo a cien y la sangre agolpada a sus sienes, cierra los ojos por un instante. Intuye el momento en el que él la abordará. Cree que todo es producto de un sueño y que aquel momento no es sino fruto de su imaginación, de tantas veces como soñó con un apuesto galán como el que se acerca, sonriendo.

Jovita no da crédito a lo que sucede. Porque una conquista así, tan rápida, en un sitio de tanto lujo, con tanto caché, no puede ser verdad. ¡Qué ilusión, Dios mío! –vuelve a suspirar mientras sigue con sus ojos entornados.

Cuando abre los ojos ve cómo el apuesto galán, sonriente y seductor, pasa por su lado y se detiene justo detrás de ella para saludar, efusivamente, a “otra” joven solitaria, con la que entabla un rápido diálogo. Madre e hija, sin poderlo evitar, giran sus cabezas justo al tiempo que el apuesto galán toma asiento junto a la “otra”.

Después se miran incrédulas y, sin mediar palabra, ambas se entienden. Su lenguaje es el idioma de la desilusión donde sólo los ojos hablan.

Pasan unos segundos eternos durante los que madre e hija permanecen rígidas y mudas. Jovita es la primera en balbucir unas palabras:

-¡Madre, tengo ganas de llorar! –dice la muchacha por lo bajito, para que nadie, ni ella misma, escuche esas palabras que la ahoga.

-¡Yo también, hija! Yo también…

-Pues, marchémonos. Esto es no es para nosotras.

-Y que lo digas, hija.

La noche se volvió más oscura que nunca. Las estrellas parpadeaban burlonas en el firmamento, y la luna, con su carita redonda, quizá sintiendo vergüenza ajena, se escondió tras una nube mientras madre e hija abandonaban la terraza de moda y de mucho caché. El ambiente había dejado de ser romántico, los jazmines ya no perfumaban el ambiente ni las velas, sobre las mesitas, brillaban como minutos antes. Ya nada era igual. De pronto, una equívoca sonrisa y una ilusión efímera, habían cambiado el encanto de una noche de verano. Y esa luz de ilusión, que de manera caprichosa iluminó intensamente el corazón de la joven, había cesado de brillar precipitándola al oscuro pozo de la desilusión.

El Laberinto

Afirmaba Eleuterio Martínez, porque realmente estaba convencido, que él, en su otra vida, fue ave; y no un pájaro cualquiera sino majestuoso halcón que surcaba los cielos en entera libertad. Lo confesó en reiteradas ocasiones y, aunque siempre lo hizo con gran énfasis y no menos convencimiento, nadie le creyó; ninguno, a excepción de un viejo pastor que apacentaba su rebaño por los montes y valles del condado.

Se conocieron en la montaña a donde encaminaba sus pasos cuando sus obligaciones y sus piernas se lo permitían. Pronto trabaron una gran amistad, y mientras el rebaño pastaba a sus anchas, monte arriba, ellos mantenían animadas charlas que siempre terminaban en temas relacionados con el más allá. Argumentos que el viejo pastor siempre creyó y cuyas teorías apoyó desde el primer día incluso cuando, una tarde, estando el sol a punto de ocultarse, Eleuterio Martínez le juró por lo más sagrado su anterior vida de pájaro. Fue a partir de ese día cuando el ovejero ya no tuvo dudas de la sinceridad de su amigo, porque un juramento a los ojos del humilde hombre de la montaña era algo muy serio. Sin embargo, días después, cuando ambos se sinceraban y abrían sus corazones y creencias, el humilde cabrero le dijo:

-No hacía falta que jurase, porque yo le hubiese creído igualmente.

Después guardaron silencio durante un rato hasta que habló el hombre de la ciudad.

-Le agradezco su fe en mí –dijo Eleuterio Martínez.

-No tiene importancia porque también yo tengo que hacerle una confesión: mi cabra Margarita es la viva estampa de mi difunta esposa.

-¿Y cómo lo sabe usted? –aventuró a preguntar Eleuterio Martínez-.

-Muy fácil: por el carácter indómito y beligerante que poseía mi santa esposa –sentenció el viejo pastor.

-¿Y eso que tiene que ver con la cabra? –insistió Eleuterio Martínez-.

-Mire usted, don Eleuterio, nada más observarla, aquella, la que tiene pintas en el lomo y que da brincos como si estuviera poseída... Esa cabra, querido amigo, y la descansá de mi mujer son como dos gotas de agua. ¡Si usted la hubiera conocido lo entendería! Es su vivo retrato.

Eleuterio Martínez miró atónito los brincos de la susodicha cabra y, aunque él también creía en la reencarnación por encima de todo como dogma de fe, no estaba dispuesto a tragarse aquello de que aquel inquieto animal fuera la difunta esposa del ganadero, reencarnada en forma de cabra montuna. No obstante, y para que él mismo fuese creído, aceptó los argumentos del buen pastor quién, de vez en cuando, honda en ristre, largaba una pedrada a su margarita, para tranquilizarla. A partir de aquella tarde de mutuas confidencias ambos hombres se dedicaron a defender con inusitado ardor, en el marco de su pobre auditorio, los argumentos que demostraban que era posible la reencarnación después de la muerte; una especie de tránsito inmediato al óbito a veces, y otras, después de que las almas, desprendidas de la materia, deambularan errantes en busca de un cuerpo que las recibiera.

-Verá usted –le dijo una tarde al viejo pastor, que estaba sentado sobre una roca, absorto en el discurso de su amigo el hombre de ciudad -nosotros estamos compuestos de cuerpo y alma. Esto último es lo que nos diferencia del resto de los animales. Por eso sentimos, tenemos pasiones y sufrimos. Pues bien, cuando morimos, ambas partes se separan. El cuerpo queda en la tierra, retorna a su procedencia, al barro del que está compuesto. Sin embargo el alma vuela en busca de otro cuerpo que la albergue, un cuerpo que debe nacer a la vida en ese mismo momento. No sé si me comprende…

-A medias, don Eleuterio. Sólo a medias. Usted es un hombre de estudios. Yo, en cambio, soy un pobre gañan que no sabe leer ni escribir y que aprendí, lo poco que sé, de la mano de la madre naturaleza, teniendo como compañía mi rebaño, el calor del Sol durante el día y la luz de la Luna en las eternas noches. Así aprendí lo poco que tengo en mis sesos… Los inviernos en el valle, cerca del refugio, donde bajábamos en busca del pasto fresco, huyendo de las nieves y la ventisca… Los veranos en el monte, a donde subimos nada más entrar la primavera, y donde permanecemos hasta que el mal tiempo nos echa para abajo. Mientras tanto, dormimos a la intemperie bajo un techo plagado de estrellas parpadeantes…; estrellas que conozco de memoria, si señor… Ese soy yo, don Eleuterio. Esto que nos rodea ha sido, desde muy niño, mi escuela y, también, la escuela de mis padres y de mis abuelos. Sin embargo, para que usted lo sepa, mi Margarita sabía leer y escribir y, aunque estaba tan chiflada como esa cabra, tenía buen corazón y me quería a su manera. ¡Fíjese si me amaba que hasta después de la muerte ha querido seguir a mi lado…!

Eleuterio Martínez observaba, con una mezcla de pena y envidia, al viejo pastor, un pobre don nadie aferrado a su creencia de la misma manera que se asía al cayado para andar los tortuosos caminos de la montaña por propia conveniencia o, tal vez, para ahuyentar la soledad y mantener de esa forma la fe en ésta y en la futura vida.

Una tarde, estando ambos sentados en la falda del monte con la vista perdida en el horizonte, el viejo pastor preguntó:

-¿Y cómo sabe usted que en la otra vida fue un pájaro?

-Muy sencillo –contestó Eleuterio Martínez-. Porque hablo su mismo idioma y me entiendo con ellos tanto o mejor que con usted, y sobre todo: porque los amo. Sufro cuando ellas padecen, y paso hambre cuando no tienen qué comer. En fin, amigo mío, me identifico con todos esos seres vivos porque, en realidad, me siento como uno de ellos, sólo que con otra forma. Pero no es menos cierto que a ciertas aves las entiendo mejor que a otras. Eso pasa también con las personas. Por eso me invade la duda cuando se me preguntan si fui gavilán, halcón o paloma. Y yo respondo que tal vez fui un simple gorrión, inquieto. Pero no lo sé, no lo puedo afirmar ni tampoco me importa. Pero fui un ave. Eso no me cabe la menor duda…

-Parece usted muy seguro –observó el pastor-.

-Ciertamente. Pero también me asaltan dudas cuando, con sorna, me preguntan si fui un pájaro macho o hembra. Ya sabe usted cómo son las gentes y las ganas de broma que tienen… Vaya usted a saber el sexo que tuve. Me imagino que fui macho, como lo soy ahora. No obstante existen muchas razones para pensar como pienso, y no menos temores cuando veo la persecución, indiscriminada, del hombre en pos de esos pobres pájaros que a nadie han hecho mal. Todo lo contrario: cada familia de aves tiene un cometido en el equilibrio de nuestro sistema. Mantienen la atmósfera limpia de insectos, devoran la carroña de animales muertos, colaboran con la polinización… Y lo que es más misterioso aún: emigran puntualmente a países más cálidos, y regresan a sus nidos, año tras año, después de recorrer miles de kilómetros, cuando llega la primavera. ¿Dígame usted si son o no son inteligentes ni benefactoras las aves?

El pastor no supo qué contestar aunque estaba de acuerdo con él. Sin embargo, su mundo, el mundo que le rodeaba, era aquel que había conocido desde pequeño y que no deseaba cambiar. A partir de ahí no le preocupaba nada más y sobre todo si estaba relacionado con los seres humanos. Por eso, al igual que Eleuterio Martínez, se aferraba a la idea de la reencarnación como una experiencia futura cargada de esperanza. Aunque había algo que no comprendía –confesó un día-.

-No estoy de acuerdo con que me hayan devuelto a mi querida Margarita convertida en cabra. No estoy conforme, por que de no haber caído en mi rebaño, quizá hoy habría ido a parar a algún matadero para ser sacrificada y vendida por carne. Por lo demás, es su vivo retrato y, aunque en vida no fue muy cariñosa, que digamos, Ahora Se pasa el día a mi lado lamiéndome las pantorrillas.

Eran razones de peso que consolaban al pobre pastor. En caso contrario no hubiera creído, ni tan siquiera, en otra vida. Con una bastaba. Por eso mantuvo la cabeza erguida, los brazos apoyados en su cayado de madera y la mirada perdida en ninguna parte.

Eleuterio Martínez no esperó la respuesta y continuó declamando al aire, teniendo como música de fondo el canto de las chicharras, como si estuviera dando una lección magistral sobre aves y su comportamiento, ante un ensimismado pastor que no acertaba comprender tanta palabra rebuscada.

-…Pues que usted sepa, querido amigo, que esas mismas personas que me niegan el derecho a la credibilidad afirman, detrás de mí, haberme visto hablar con las gaviotas cuando bajo a la playa y con las águilas cuando subo al monte. Y es bien cierto. También se rumorea, y no lo niego, que doy de comer a los gorriones en mi propia mano, y que los acaricio con dulzura, como se acaricia a un ser querido…

Pero en la aldea también se rumoreaban más cosas acerca del hombre con complejo de pájaro. Afirmaban que estaba loco porque, en más de una ocasión le vieron, recortada su silueta en el horizonte, agitar sus brazos como lo hacen los pájaros antes de iniciar el vuelo.

Poco a poco los rumores sobre la demencia de aquel hombre arraigaron con fuerza en la mente de sus vecinos y le fueron dejando solo, aislado en sus teorías y en su mundo de libertad. Por eso no era feliz.

-¿Cómo puedo ser feliz siendo un apátrida de mí mismo? –se quejó un día ante el viejo pastor.

A pesar de ello siguió soñando con su vida anterior, cuando fue pájaro libre que, por no tener, nunca tuvo un lugar fijo donde posarse cuando llegaba la noche. No obstante, desde que fue hombre, envidió la elegancia de las gaviotas, el majestuoso vuelo de las águilas y a los humildes gorriones. Parecía como si Eleuterio Martínez diera vueltas y más vueltas por los intricados y engañosos recovecos de un laberinto, el laberinto de lo que fue, lo que era y pudo haber sido. Todo ello no era sino el laberinto de su propia vida.

Un día le preguntó al viejo gañán:

-¿Y a usted cómo le gustaría ser reencarnado después de muerto?

-Qué más da –respondió éste- lo único que le pido al destino es que me trate mejor; dormir cada noche en cama limpia, fresca en verano y caliente en invierno y, si no es mucho pedir, junto a una mujer como mi Margarita…

-No, la verdad es que se conforma con poco –observó Eleuterio Martínez.

-¿Y a usted? –quiso saber el pastor.

-¿A mí? Eso no hay ni que preguntarlo: ave. A ser posible un águila real, de esas cuyo vuelo es majestuoso y sereno y que está prohibido cazar… Son dueñas del espacio.

-Usted pide mucho, aunque bien mirado, pide lo que sueña y le gustaría tener. Como yo.

Después de aquella conversación. No se sabe por qué razón las visitas al monte y las charlas con el viejo pastor fueron esparciéndose paulatinamente. Quizá Eleuterio Martínez estaba viejo y cansado y el esfuerzo de subir hasta el monte era demasiado para su quebrada salud. Además ya no tenían de qué hablar, cada uno conocía el alma y las penas del otro, así que las últimas veces que se vieron apenas cruzaron palabras. Absortos en sus propios pensamientos esperaban la caída de la tarde, mientras en su interior luchaban con sueños desvanecidos por el tiempo… Y así fue como Eleuterio Martínez dejó de subir al monte, de frecuentar la taberna y de pregonar a los cuatro vientos que él, en su otra vida, fue pájaro. Eleuterio Martínez había caído enfermo de gravedad. Una mañana, al alba, en la soledad de su alcoba, sin más compañía que los recuerdos, a esa hora en la que los pájaros salen de sus nidos en busca del sustento, el alma de Eleuterio Martínez abandonó aquel cuerpo con el que nunca estuvo conforme, y voló libre.

El otoño estaba cerca y el viejo pastor preparaba su rebaño para bajar al valle. Hacía tiempo que Eleuterio Martínez no subía al monte y se preguntaba qué habría sido de aquel extraño hombre que afirmaba haber sido pájaro y que tanto amaba a las aves. No obstante la prolongada ausencia, el pastor no perdió la esperanza y oteaba el camino por donde siempre le vio subir con la respiración entrecortada pero la cara radiante de la felicidad. Después se sentaba y cuando recuperaba la voz y el aliento, comenzaba a hablar sin dejar de mirar en derredor, como queriendo beber con los ojos todo lo que nos rodeaba, tal vez intentando gravar en su alma aquellas imágenes placenteras. A media mañana desenvolvía un pequeño su bocadillo cuya mitad esparcía a sus pies: “Para los animalillos que no tienen que comer” –solía decir.

Con las primeras lluvias el pastor abandonó el monte y bajó al valle. Ya no oteaba el camino para ver si llegaba el extraño compañero. Con el paso del tiempo aquel pastor olvidó a Eleuterio Martínez. Un nuevo amigo, que acudía puntual cada tarde, había suplantado el recuerdo del hombre pájaro: se trataba de un joven gorrión, atrevido y simpático, que revoloteaba confiado junto al viejo pastor hasta posarse en su mano donde comía las migajas de pan que éste le daba. ¿Tenía que ver algo aquel humilde pajarillo con el viejo amigo cuya vida era un laberinto lleno de preguntas?