El tren TALGO inició la marcha con la habitual puntualidad. Consulté mi reloj en un acto mecánico, sin mayor importancia: las nueve de la mañana. Entonces mi mente, como solía ocurrirme desde algún tiempo atrás debido tal vez a la edad o a la nostalgia, volvía a aquella época, ya lejana de mi niñez, en la que la puntualidad de los trenes era cuestionada, y con razón. Aquellos convoyes, remolcados por poderosas e impresionantes máquinas de vapor cuya sola presencia imponía respeto por las razones que fuese, no respetaban el horario marcado. No obstante a ello y a pesar de que entraba carbonilla y humo por sus ventanas, el viaje merecía la pena. El factor “tiempo” no tenía la dimensión que tiene hoy: daba tiempo a bajar para tomar café en la cantina, comprar bocadillos o un décimo de lotería si se terciaba. El viaje en tren era un acontecimiento y ahí estaba su charm, ese encanto que hacía exclusivo y misterioso embarcarte. Por eso y a pesar de todo, viajar en tren, siempre tuvo para mí un especial atractivo y mucho de aventura. Así lo recuerdo y en ello deleito mi pensamiento, sobre todo cuando viajo en este medio. Ahora todo eso queda tan lejos… Afortunadamente el recuerdo mitiga la nostalgia.
Aquella mañana, tan pronto como el tren inició su lento movimiento, cerré los ojos y me dispuse a dormitar en un intento, a menudo vano, para recuperar parte del descanso perdido por el madrugón. Era temprano. Aún disponía de una hora hasta que sirvieran el desayuno. Y, aunque en sesenta minutos no pudiera recuperar el sueño atrasado, al menos descansaría y mi mente viajaría al compás del monótono vaivén producido por las ruedas.
He de confesar que atravesaba una fase de la vida, tal vez debido a la edad, en la que no me conformaba con poca cosa, e intentaba arañar a la vida lo que antes había derrochado: tiempo.
En aquella ocasión viajaba a la capital de España. Uno de esos viajes que yo consideraba mitad placer y mitad obligación. Acudía a una de tantas eternas citas con mi editor en la que corregíamos mi última novela y discutíamos sobre literatura. Bien pensado, el madrugón, el viaje y todo lo demás, merecía la pena. Y aunque pareciera lo contrario, volver a subir al tren, pisar la capital de España, donde aparte de mi editor tenía buenos amigos, y enfrentarme a mi trabajo creativo, era un placer.
También olía viajar en avión cuando el tiempo apremiaba y no me quedaba otra alternativa. Pero mi medio de transporte favorito fue siempre el tren, enigmático, misterioso y romántico medio de transporte donde podría surgir la aventura, conocer gente y leer ese libro que en casa nunca llegas a abrir.
Me despertó una azafata que lucía una preciosa sonrisa. Consulté el reloj y me di cuenta de que había dormido un buen rato mecido por el chac,chac que producían las ruedas del vagón sobre los raíles de vía estrecha. La atenta auxiliar me informó, con exquisitos modales, de que habían comenzado a servir el desayuno y quería saber si tenía apetito y si deseaba tomar café o té. Mecánicamente me decidí por café, bien cargado: lo único que cada mañana lograba hacerme volver a la realidad. Después mi mente volvió a funcionar y puse en marcha mi habitual juego de curiosidad. Primero dirigí una mirada, un tanto vaga e imprecisa por la ventanilla, hacia un paisaje harto conocido por mí; un paisaje plagado de naranjos y limoneros de las huertas de la Vega Malagueña. Seguidamente me dediqué a observar, no sin cierta discreción, a mis compañeros de viaje. Frente a mí, a escasos veinte centímetros de mis piernas, una monjita regordeta, de cara redonda y mofletes rojos que contrastaba con la palidez de su cuello y frente. Al mirarla me di cuenta de que ella tenía los ojos clavados en mí, mirada que retiró no sin antes dirigirme una beatífica sonrisa, una especie de bienvenida al mundo de los vivos. A su lado un hombre maduro, de porte distinguido, bien vestido y de más o menos mi edad. Me fijé en sus zapatos. (Siempre me ha acompañado esa malsana y curiosa manía de mirar los zapatos de las personas; considero que son como una carta de presentación). Pensaba y defendía, a capa y espada, que un zapato lustroso era la mejor carta de presentación de una persona. Hubo una época, bastante puritana por cierto, en la que llegué a catalogar a las personas según su calzado. Los de aquel hombre relucían de puro limpios. Por lo tanto aquella persona merecía toda mi consideración. Después levanté la vista y observé que sus cabellos -segunda parte de mi inspección- eran grises, demasiado grises para la edad que aparentaba. Entonces deduje que ese blanqueo se debía, seguramente, al resultado de una vida intensa y plena de experiencias.
Lo cierto es que le confería un cierto aire de persona intelectual y que mi mujer habría catalogado como un hombre interesante.
-“Las canas te hacen más interesante” –me dijo en más de una ocasión-. A partir de ese momento las dejé estar y ya no volví a comprar, nunca más, esos tintes que al descolorarse manchan los cuellos de las camisas.
Aquella mañana el tren iba, como digo, medio vacío. Los asientos de mi derecha estaban libres y, si en Córdoba no subía nadie, yo aprovecharía para cambiar de asiento y disfrutar de más espacio e independencia. Me molestaba ir tan apretujado, y también, para qué negarlo, sintiendo la beatífica sonrisa de la monjita clavada en mí. Así podría estirar las piernas que, aunque eran muy largas, cada vez que las movía rozaba el hábito de la monjita que ella se apresuraba recoger. Pero todo mi gozo fue a parar a un pozo. El tren se detuvo en Córdoba y los asientos que estaban libres fueron ocupados. Uno de ellos, por un distraído viajero que estuvo a punto de echarme su pesada maleta sobre mi cabeza. Se trataba de un señor de avanzada edad que, nada más llegar y conseguir situar su equipaje en el sitio apropiado, se calzó los lentes y se puso a leer. La segunda, una mujer joven de unos veinte y tantos años, guapa, muy atractiva, que cruzó sus largas piernas tan pronto como tomó asiento. “Al menos, -pensé para mí-, voy a disfrutar de una agradable compensación. El viaje prometía y al menos había algo agradable donde dirigir la mirada. Pero no fui solo yo quién pensó de esa manera. Mi vecino, el de los zapatos lustrosos y la nieve en el pelo, también se percató de la joven pasajera a la que ya no volvió a quitar la mirada. Un hecho al que yo no le di mayor importancia y que consideraba casi natural. A cierta edad, y con las restricciones que impone la madre naturaleza, a nadie le amargaba un dulce y aquella joven lo era. Reconocía, en su justa medida, la belleza de aquellas piernas y el cuerpo de su propietaria, pero tampoco era plan de ponerse a mirar descaradamente a la chica. Por eso, como si de un mal pensamiento se tratara, aparté la mirada y volví a mi lectura. Así estuve hasta que, no recuerdo por qué motivo, tuve que apartar los ojos del libro. La monjita dormitaba, el señor mayor seguía inmerso en la lectura y el señor maduro de zapatos lustrosos estaba, ni más ni menos, ligándose a la guapa morena cordobesa.
Volví a mi libro y no presté más atención a mis compañeros de viaje. En realidad, no debía importarme lo que hiciera cada uno. Yo debía ir a lo mío: descansar y seguir con ese libro en cuya lectura no llegaba a concentrarme. La imagen del señor maduro haciendo mohines a la escultural morena rondaba mi cabeza y me hizo volver a mirar, con discreción, lo que allí pasaba. Efectivamente trataba de conquistar a la chica, lo que pude comprobar con mis propios ojos. Seguidamente me fijé en ella y pude comprobar que le seguía el juego, aunque contestaba con más discreción que agrado. Me pareció divertido. Me recordaba a aquellos ligones de playa que, reptando por la arena, se aproximaban a la sueca de turno y, como el que no quiere la cosa y en menos que canta un gallo, ya le tenían el brazo echado sobre los hombros. Ese pensamiento me arranco una sonrisa. Después sentí pena. Dos sentimientos opuestos y contradictorios que hoy, después de tantos años, no sabría decir por qué me asaltaron en aquella ocasión cuando ninguna de aquellas personas tenía nada que ver conmigo. No obstante seguí curioso al cruce de guiños, mohines y otros gestos intercambiados con la total ignorancia hacia el resto de los viajeros.
Mientras tanto, el tren circulaba a más de doscientos kilómetros camino de Madrid, yo, parapetado tras mi libro, observaba divertido aquel intercambio de promesas ilusorias que, lo más seguro, terminarían en nada, en una quimera pasajera, como todos los romances efímeros. La monjita había despertado y, ajena a aquel devaneo mímico y casi ridículo, tomó su breviario, segura, sin pensar que muy cerca de ella el mismo demonio bajo la forma de un caballero maduro, fraguaba un asalto amoroso. También había pausas, treguas en la que cada uno retomaba la compostura.
De vez en cuando el hombre maduro cesaba en su acoso. Consultaba el reloj con la preocupación reflejada en su cara, tal vez medía el tiempo que tenía para el asalto final, para rematar la faena, aunque por la expresión de su rostro se adivinaba la lucha que libraba en su interior para decidir el cómo y de qué manera acercarse a la morena sin que ello despertara la sospecha de los demás y no pusiera en entredicho a la chica que, a pesar de todo, era una desconocida. Yo ya había abandonado mi libro. Aquel espectáculo era mucho más interesante y no siempre se tenía la ocasión de asistir, como testigo directo, a una conquista en toda regla. De pronto se levantó y desapareció al fondo del vagón. Ignoro, y tampoco importaba mucho, si fue al baño o a tomar un café, lo cierto es que regresó a los pocos minutos y se sentó, “por equivocación”, junto a la chica de las piernas largas. “¡Qué despistado soy!” –le oí decir en tono de disculpa, buscando en la mirada de los demás un gesto de aprobación a su torpeza. Pero no se levantó. Aquel hombre, aparte de despistado, era un cara dura de tomo y lomo, un experto en el arte del abordaje, un viajero pirata que no dudaba en asaltar en pleno tren a la victima de turno. Seguidamente, y ya no me preocupé en disimular mi curiosidad, le tendió la mano y dijo llamarse Ernesto al mismo tiempo que exhibía su mejor sonrisa seductora.
No sé si la abordada respondió al saludo. Lo que sí me consta es que me miró y al verse observada, el rubor invadió su precioso cutis. Entonces yo aparté la mirada y ya no me atreví a dirigirles la mirada hasta que el tren llegó a la estación de Madrid Atocha. Apenas se detuvo éste los pasajeros comenzaron a recoger sus equipajes. Yo hice otro tanto pero ralentizando mis movimientos. Deseaba ver qué hacían, cómo se comportaban ambos. Por eso sé que bajaron juntos, como una pareja de viejos conocidos que se han vuelto a encontrar inesperadamente. Yo les seguía a corta distancia sin perder detalle. Caminaban lentamente debido, en parte, a la aglomeración de personas y equipajes y también por las pesadas maletas y bolsos que el señor maduro arrastraba penosamente. Su pierna izquierda claudicaba por el esfuerzo, aunque él hacía lo imposible para que aquella tara física pasase inadvertida. También noté el gran esfuerzo que hacía para parecer jovial, mantenerse erguido y aparentar una dignidad y soltura que ya había perdido tan pronto como sucumbió a los encantos de ella. Los años no perdonan, dije para mí, mientras veía el esfuerzo físico y el equilibrio psicológico de aquel muñeco de cabellos grises que, por emular al caballeroso don Juan, había sido relegado a la misión de maletero. Ella marchaba un poco adelantada, casi ignorándolo, como señora ante el criado que obedece y que por servilismo se queda rezagado, semioculto en su papel secundario. Así seguía, cargado de maletas y de vergüenza ajena, el hombre maduro que emulaba, quizá, a aquel otro muchacho que fue y que aún mantenía latente dentro de sí.
Y aquel sentimiento filantrópico de piedad se trucó, al verlo renquear como un falso joven, por una velada envidia. Yo ya no era capaz de tamaña aventura. Me daba miedo el ridículo proceder de las personas.
Fue en aquel momento volvió en mí el sentimiento de conmiseración. Me dio la impresión, tal vez me equivoque, de que la conquista no fue sino para que el hombre maduro con el otoño en las sienes y la primavera en el corazón, le sirviera de mozo. ¿Quién sabe?
Pronto les perdí entre la multitud de personas que iban y venían de todas partes, cruzando saludos y efusivos abrazos de bienvenida. Ya no les volví a ver ni tampoco volví a pensar en ellos durante toda la jornada. No, no les recordé hasta el momento que volví a instalarme, cómodamente, para iniciar mi regreso a casa. Entonces pensé en ellos, o mejor, dicho en él, y ese pensamiento me hizo sonreír de manera especial, aunque no sabría decir de qué manera ya que no tuve ante mí un espejo donde mirarme. Tal vez aquel hombre había sido mi propia imagen, esperpéntica figura de un hombre con la primavera en el corazón de los años.
No hay comentarios:
Publicar un comentario