España cañí
EL ESPEJO
Por
Francisco Miranda de Rojas
Ya saben que escribo, que me gusta escribir, que escribo en mis madrugadas de ocio que son muchas. Así los últimos veinte años. Un tercio de vida para un sesentón como yo, media vida para los cuarentones y toda una vida para aquellos que se dejan los sesos en el asfalto creyendo que llegarán antes…, al otro mundo. Digo yo.
A lo que iba: decía que escribo en las madrugadas, después de haber cabalgado a lomos de ese sueño llamado “ram”, con el recupero cierta lucidez, alguna inspiración y ganas de teclear. Siempre hay algo qué contar, algo que durante ese sueño “ram” ha rondado mi almohada plagado de incoherencias, que, “parece ser”, son nada más ni menos que nuestro verdadero yo, y no el yo que refleja el espejo cuando recién levantados nos miramos en él y le enseñamos la lengua, vestíbulo del aparato digestivo. ¡Qué extraña costumbre! Tengo la impresión de que ese gesto, mecánico e involuntario, no es sino sutil burla mañanera del que se asoma a él.
Decía un amigo, al que tengo en muy buena estima, que él, cuando se asoma al espejo, cierra los ojos para no ver la decrepitud de imagen. Lo cual, según mi modestia opinión es una chorrada mayúscula; algo así como taparse los oídos cuando te va a atropellar un tren de mercancías que se aproxima a toda velocidad.
-Si no estás contento contigo mismo intenta mejorar –le contesto en plan paternalista.
-Ya es tarde –responde. Además, hay cosas que no sólo no van a mejorar sino que van a peor.
-¿Cómo qué? –le pregunto.
-La anatomía. Las carnes se van aflojando y descolgando, se pierde musculatura, se marchitan los sentidos, incluso el brillo de los ojos se vuelve nostálgico…
-Eso tiene solución –le digo, lo confieso, algo entristecido.
-¿Cuál?
-Romper el espejo, eliminar todo aquello que refleje esa imagen que tanto te desagrada.
-Ya lo hice, amigo. Ya lo hice –responde abatido.
EL ESPEJO
Por
Francisco Miranda de Rojas
Ya saben que escribo, que me gusta escribir, que escribo en mis madrugadas de ocio que son muchas. Así los últimos veinte años. Un tercio de vida para un sesentón como yo, media vida para los cuarentones y toda una vida para aquellos que se dejan los sesos en el asfalto creyendo que llegarán antes…, al otro mundo. Digo yo.
A lo que iba: decía que escribo en las madrugadas, después de haber cabalgado a lomos de ese sueño llamado “ram”, con el recupero cierta lucidez, alguna inspiración y ganas de teclear. Siempre hay algo qué contar, algo que durante ese sueño “ram” ha rondado mi almohada plagado de incoherencias, que, “parece ser”, son nada más ni menos que nuestro verdadero yo, y no el yo que refleja el espejo cuando recién levantados nos miramos en él y le enseñamos la lengua, vestíbulo del aparato digestivo. ¡Qué extraña costumbre! Tengo la impresión de que ese gesto, mecánico e involuntario, no es sino sutil burla mañanera del que se asoma a él.
Decía un amigo, al que tengo en muy buena estima, que él, cuando se asoma al espejo, cierra los ojos para no ver la decrepitud de imagen. Lo cual, según mi modestia opinión es una chorrada mayúscula; algo así como taparse los oídos cuando te va a atropellar un tren de mercancías que se aproxima a toda velocidad.
-Si no estás contento contigo mismo intenta mejorar –le contesto en plan paternalista.
-Ya es tarde –responde. Además, hay cosas que no sólo no van a mejorar sino que van a peor.
-¿Cómo qué? –le pregunto.
-La anatomía. Las carnes se van aflojando y descolgando, se pierde musculatura, se marchitan los sentidos, incluso el brillo de los ojos se vuelve nostálgico…
-Eso tiene solución –le digo, lo confieso, algo entristecido.
-¿Cuál?
-Romper el espejo, eliminar todo aquello que refleje esa imagen que tanto te desagrada.
-Ya lo hice, amigo. Ya lo hice –responde abatido.


