lunes, 26 de noviembre de 2007

Nueva Novela en Enero de 2008



¡Por fin puedo presentar mi futura novela!
Se titula, "A Biarritz, por amor" y saldrá al mercado
literario justo después de Reyes.
Estará disponible en las mejores librerías,
incluyendo, como no, FNAC de Marbella,
El Corte Inglés y la Casa del Libro de
toda España.
Espero que os guste.
Es el primer tomo de una trilogía…de HUMOR
Saludos

viernes, 16 de noviembre de 2007

Milagro de Navidad - Cuento

Érase una vez, no hace mucho tiempo, un hombre inmensamente rico y solemnemente infeliz. Se llamaba don Fernando, pero le apodaban don Avaricia por su conducta avara y egoísta. Vivía en una lujosa mansión a las afueras de la gran ciudad, rodeado de grandes jardines amurallados y de una pléyade de fieles servidores. Sus numerosos caprichos se convertían en realidad con la misma velocidad con que acudían a su pensamiento. Con lo cual, su existencia se convirtió en algo tan frívolo como sus deseos. Pero he aquí que aquel hombre, a pesar de estar convencido de que atesorando bienes materiales conseguiría ser feliz, no lograba sino acrecentar su desdicha.
Era don Fernando un mortal de edad indefinida, bajito y regordete. Su cabeza, redonda como una bola de carne con ojos, estaba unida al tronco mediante un cuello corto y robusto como el de un levantador de pesos; sus ojos, pequeños y redondos como dos círculos inexactos, tenían la mirada inquisidoramente desconfiada y estaban casi ocultos por unas cejas extremadamente pobladas. Sus ademanes, prepotentes y decididos eran los propios de un hombre acostumbrado a mandar y a ser obedecido; basta decir que con un movimiento de su mano o un guiño de sus pequeños ojos, aquellos que le servían ya sabían qué deseaba su señor.
Pero a pesar de todo don Fernando siguió viviendo sin lograr la paz interior que, con toda seguridad, era lo único que no tenía. Y esa desdicha, solapada con las ansias de poseer, le precipitó, con el paso de los años, al oscuro pozo de una horrible depresión sin fondo; momentos turbadores durante los que solía revelarse contra todo. En poco tiempo adelgazó y se puso pálido; con mucha frecuencia permanecía insensible y como se alejaba de todo lo que le rodeaba daba la impresión de ser un alma viviente más que un hombre todopoderoso. Tal llegó a ser su estado de ánimo, que, unas veces reía sin motivo aparente y otras permanecía sentado, mudo e inmóvil con la cabeza entre las manos. De sus ademanes, prepotentes y altivos otrora, sólo quedaba el recuerdo; en cuanto a su manera de caminar, antes marcial y diligente, ahora parecía como si arrastrara los pies y cada paso supusiera un terrible esfuerzo. De su altiva cabeza con cuello de luchador de pesos pesados sólo quedaba un cuello flaco que apenas podía mantenerla erguida, tal era su estado y debilidad. A raíz de entonces aquel poderoso señor consultó su mal con los mejores psicólogos, acudió a los más célebres psiquiatras, llamó a consulta a los más afamados cardiólogos, se puso en manos de renombrados endocrinólogos y expuso su desazón a sabios de medio mundo… Pero nadie sabía qué pócima podría curar el mal que aquejaba al pobre hombre rico.
Pero he aquí que un día, víspera de Navidad, don Fernando, acompañado de su chofer y de su secretario particular fue hasta el centro de la ciudad para dar un paseo y observar el ambiente de las fiestas. Caminaba por la calle, escoltado por su fiel secretario cuando, si saber por qué, posó sus ojos en un chiquillo, de no más de seis años, que permanecía con su carita pegada a la vidriera de un gran bazar que allí había.
Reinaba un frío intenso y desde el oscuro cielo del anochecer caían pequeños copos de nieve que se iban posando silenciosa y caprichosamente sobre árboles, coches, peatones… La atmósfera era la típica y tradicional de una estampa navideña: calles engalanadas con guirnaldas luminosas de vivos colores, música de villancicos que se escapaba de los grandes almacenes, gentes presurosas cargadas de paquetes y, como no, humildes pedigüeños que solicitaban una limosna, por caridad.
Don Fernando se detuvo e hizo parar a su secretario al tiempo que le decía, señalando al chiquillo:
-Roberto, fíjese en ese niño.
El secretario se detuvo, dirigió la mirada hacia el lugar donde señalaba su patrón.
-¿Qué tiene de particular, señor? Es un mendigo; uno de tantos infelices que pululan por estas fechas, molestando a la gente…
-No sé –respondió don Fernando- pero ese chiquillo ha despertado mi interés; de pronto me ha hecho recordar mi infancia, cuando también yo me quedaba embelesado mirando los escaparates. ¡Qué tiempos aquellos, Roberto! Allí soñaba durante horas y horas cómo sería la vida rodeado de aquellos juguetes que nunca lograba… Yo también fui pobre, aunque no mendigo. Sin embargo, ese niño…
El secretario, molesto tal vez con la ocurrencia de su amo, volvió a restarle importancia al chiquillo.
-Déjelo estar, don Fernando. ¿No ve que es un harapiento? Si le hace caso, nos perseguirá toda la noche…
Pero don Fernando, que de pronto había sentido una atracción irresistible hacia aquel niño, se acercó a él, le puso la mano sobre su hombro y le dijo:
-¡Qué, chaval, te gustan los juguetes! ¿Verdad?
El niño volvió su carita redonda y pequeña, miró a don Fernando con sus negros ojos tristes y asintió con un movimiento de cabeza, afirmativamente.
-¡Qué!, ¿no tienes lengua? –exclamó don Fernando al tiempo que se ponía de cuclillas para mirar al chico a su misma altura.
Y el harapiento muchachito, sin pensárselo dos veces, sacó su lengua, pequeñita y rosada, y la movió de derecha a izquierda y de arriba a abajo.
-¡Ah! ¡Eso está bien, si señor! Y como veo que tienes lengua, también sabrás decirme como te llamas, ¿no? –preguntó don Fernando con los ojos encendidos de ilusión.
El chiquillo bajó la mirada, tímidamente; seguidamente alzó la vista y contestó:
-Me llamo Pedrito, señor.
Todo esto ocurría ante los atónitos ojos de Roberto, quien, a escasos metros, observaba la escena no sin cierto disgusto y, al mismo tiempo, complacido por la conducta de su señor.
Mientras tanto, don Fernando se sintió contento por haber logrado captar la atención del chico, que ya no miraba a los juguetes sino al extraño desconocido que se interesaba por él.
-A ver, Pedrito, ¿qué hace un hombrecito como tú, solo, en mitad de la calle y de noche? ¿Dónde está tu mamá?
El chico giró sobre sí y con sus pequeñas manitas, enfundadas en guantes de lana cuyos dedos quedaban al descubierto, señaló a una joven que, no lejos de allí, pedía limosna.
-¿Aquella es tú mamá? –preguntó.
El chico asintió. Entonces, don Fernando, incorporándose, le dijo:
-Anda, dile a tú mamá que venga aquí.
Y Pedrito echó a correr hasta llegar a la altura de la joven, le tiró de su chaqueta reiteradas veces hasta que ella, desviando la atención de lo que hacía, se agachó y habló con el hijo. Al instante ambos dirigieron la mirada hacia don Fernando y su secretario, y encaminaron sus pasos, no sin cierto recelo, en dirección a nuestro protagonista.
Don Fernando los vio acercarse sin reparar que su corazón, minutos antes fatigado y melancólico, comenzaba a palpitar de manera alegre y agradable, mientras pensaba qué decir a aquella joven madre, ciertamente en la indigencia y, quién sabe si con problemas de otra índole.
Pedrito venía cogido a su mano. Se pararon a prudente distancia, con recelo.
Don Fernando se acercó y le dijo:
-¿Me permite que haga algo por ustedes…?
Madre e hijo se miraron extrañados; seguidamente, con voz apenas audible, la joven dijo:
-Sólo pido algo para comer esta noche… Tengo dos hijos, Pedrito es el mayor; el pequeño, que aún no tiene un año, se ha quedado con la abuela…, enferma.
Don Fernando, a pesar de aquellas palabras llenas de prudencia y sinceridad, se frotó las manos, suspiró hondo, miró hacia el cielo y de sus ojos, de no haber sido por la copiosa nevada que bajaba del oscuro cielo, podría decirse que brotaron lágrimas de felicidad. Pero nadie, con excepción de él mismo, supo de su emoción ni de sus sentimientos. Al instante, repuesto y decidido, llamó al secretario y le dijo, resueltamente:
-Roberto: es Noche Buena. Vamos a solucionar el problema de esta señora.
-¿Cómo, señor? –respondió el incrédulo secretario.
-Muy fácil. Entraremos en ese bazar y compraremos, además de todos los juguetes que quiera Pedrito, todo aquello que ella necesite para pasar una noche buena en condiciones.
Y sin más, hicieron su incursión en el establecimiento aquel grupo extrañamente heterogéneo y decididamente aleccionador: un hombre de edad indefinida rejuvenecido y con aire marcial, seguido del malhumorado secretario y una joven pedigüeña, muda de sorpresa, que daba la mano a un chico harapiento que saltaba de alegría.
El revuelo que causó aquellos extravagantes “clientes” fue patente desde el instante en el que don Fernando, rehabilitado a su natural prepotencia, pidió al encargado del bazar que pusieran a disposición de aquella señora y de su hijo todo lo que necesitaran, después de que su secretario, reunido con el gerente del comercio, le pusiera al corriente de la solvencia económica de don Tomás
La noticia corrió como la pólvora dentro y fuera del establecimiento. Y una hora más tarde el bazar se había llenado de curiosos y numerosos mendigos a la caza de alguna prebenda. No obstante y a pesar de que tuvieron que intervenir los guardias de seguridad del establecimiento, hubo regalos para los niños y promesas para los mayores. A lo que don Fernando, orgulloso del revuelo que había levantado su generosidad, sentíase cada vez más henchido de gozo.
Las anécdotas acaecidas hasta el cierre del local y los pormenores que las provocaron harían este relato interminable. Basta con añadir que, aquella noche, después de acompañar a Pedrito y a su madre hasta su casa, cargados de paquetes y llorando de alegría y agradecimiento, don Fernando regresó a su mansión, reunió a toda su servidumbre y brindaron por una feliz Noche Buena.
A la mañana siguiente de aquel memorable día, don Fernando, recuperada parte de su ilusión de vivir y consciente de que una pequeña obra de caridad le había hecho feliz, decidió ampliar la frontera de su generosidad más allá de su ciudad. Los criados dormían aún cuando don Fernando, pletórico y lleno de buenos deseos, convocó, a pesar de la temprana hora, a su secretario particular en la vasta biblioteca. Estaba radiante y deseaba que fuera aquel hombre, su mano derecha y guardián de todas sus riquezas, quien supiera, antes que nadie, el milagro experimentado.
Don Roberto acudió presuroso y alarmado por la premura con que su patrón le requería. Y sólo cuando estuvo ante él y lo escuchó hablar supo que algo milagroso había sucedido.
-Tome asiento, Roberto –empezó diciendo-. Tengo algo muy importante que comunicarle, pero antes, dígame: ¿nota algo raro en mí?
El pobre secretario, acostumbrado a ser tratado con indiferencia y despotismo, carraspeó, miró a un lado y a otro, y dijo:
-¿Puedo ser sincero, señor?
-Debe ser sincero. Se lo ordeno –respondió con firmeza don Fernando.
-Pues…, le noto diferente, más jovial, mejor aspecto…, como si fuera otra persona aunque con la misma piel, si me permite la expresión –concluyó el fiel secretario dando un profundo suspiro de alivio.
-Soy diferente, amigo mío. Ayer tarde usted ha sido testigo del milagro. Cuando me he levantado aun dudaba si todo había sido un sueño o formaba parte de la realidad. Pero lo cierto es que me he levantado con unos deseos enormes de hacer el bien, de cambiar mi vida. Esta Navidad, querido secretario, quiero que sea distinta, luminosa, radiante e inolvidable; esta Navidad, si no estoy soñando, ya me siento feliz, feliz…
El aturdido secretario, que volvía a no dar crédito a lo que estaba escuchando, con los ojos muy abiertos, temblando como si tuviera frío, sin saber si su jefe estaba bajo algún extraño síndrome o influencia maligna, se limitó a asentir con un movimiento de cabeza, mientras su boca, como la de un bobo, permanecía entreabierta.
-Me crea o no, eso me trae sin cuidado, querido secretario. Lo cierto es que quiero, o mejor dicho, le ordeno que tome nota de lo que voy a dictarle. ¡Ah!, y no se moleste si compruebo que todo se lleva a cabo según mis instrucciones –dijo don Fernando.
El secretario se levantó, cogió papel y pluma y se dispuso a escribir todo aquello que, por increíble que pareciera, saldría de labios del señor de la casa.
“Verás, Roberto, ante todo quiero que mandes urgentemente un médico a casa de Pedrito para que cure a su abuelita. Después, porque la salud es lo más importante, nos vamos a dedicar a la felicidad de los niños; niños de todo el mundo, hasta donde alcance mi fortuna…
-Pero, señor… –interrumpió el secretario, convencido ya de la locura de su jefe.
-No me interrumpa, Roberto. He dicho, niños de todo el mundo, y basta. Usted, limítese a escribir y después ejecute mis planes. No hay tiempo que perder…
Llegado a este punto, el pobre secretario estimó que había llegado el momento de actuar: se levantó, dejó papel y lápiz sobre la mesa y salió de la estancia, o, al menos, lo intentó. Porque don Fernando le detuvo con una voz que atronó el aire:
-¿A dónde va usted? ¿No le he dicho que tome nota de las instrucciones que le voy a dictar?
El secretario se detuvo en seco como accionado por un resorte invisible.
-Iba a avisar a su médico… -dijo sin volver la vista atrás.
Don Fernando enrojeció de arrebato. Por primera vez desde que despertara aquella mañana, montó en cólera.
-¿Cree usted de veras que necesito un médico porque quiero ser generoso? Pues se equivoca usted. Mi medicina no es sino la felicidad que no tengo y que ya sé dónde está. Así que vuelva a sentarse y déjese de médicos. Pero antes, Roberto, dígame una cosa: “¿Cree usted que la conciencia tiene rostro?
Don Roberto, o señor Rodríguez, o amanuense, como ustedes prefieran llamarle, sonrió, pensando con toda seguridad que su amo, si no estaba loco poco le faltaba. No obstante, respondió:
-Dicen que el rostro es el espejo del alma…
Don Fernando se dio por satisfecho con aquella respuesta casi inteligente, según él. Seguidamente, se levantó, atravesó la amplia habitación y fue a mirarse a un gran espejo que presidía el extremo de la biblioteca.
Volvió sonriendo, y retomando su papel de jefe, dijo:
-Vamos, Roberto, dejémonos de pamplinas. Toca escribir.
El paciente y fiel secretario volvió a tomar asiento, cogió papel y pluma y esperó el dictado no sin cierta sospecha de que lo que allí escribiera iría a parar al cesto de los papeles. Sin embargo pronto se dio cuenta de que no sería así.
.-.-.-.-.-.
Mientras tanto, al otro lado de la puerta, el mayordomo, que ya había alertado sobre la posible perturbación de su dueño y señor, estaba presto a intervenir. Momentos antes, cuando don Fernando le ordenó que localizara al secretario con urgencia, notó que algo fuera de lo habitual había desencadenado una extraña e inquietante euforia en el dueño de la casa, a pesar de que la noche anterior también había tenido un gesto inusual. Por eso no se extrañó que, tan pronto como franqueó el paso al secretario, éste le rogó, encarecidamente, que se mantuviera alerta por si fuera necesaria su intervención. En vista de ello, podemos imaginar, desde el primer sirviente hasta el último servidor de aquella mansión, todos aventuraron mil y una conjeturas acerca del nuevo mal que había hecho acto de presencia en la extravagante paranoia del señor de la casa.
Pero dejemos a los sirvientes con sus cábalas y volvamos junto a don Fernando que, mientras tanto, ya había dictado siete folios a su secretario al tiempo que recorría la estancia dando grandes zancadas, deteniéndose a veces y, otras, girando sobre sus talones como un feliz bailarín. Como es lógico el secretario, que seguía sus evoluciones y anotaba sus palabras, no salía de su asombro. Aquel espectáculo, por llamarle de alguna manera, no debía ser sino producto de un milagro o de un ser cuyas facultades mentales estaban extraviadas; punto que se confirmó cuando don Fernando, sonriendo como nunca antes lo había visto el pobre amanuense, le dijo que quería ir a África, a América y a Oceanía con un buque cargado de víveres, medicinas, mantas, vestidos… y, sobre todo, juguetes.
-¿Juguetes, señor? –interrogó el secretario sin poder contener su sorpresa.
-Eso he dicho, Roberto: J U G U E T E S, juguetes para esos niños, que pronto vendrán los Reyes Magos de Oriente. Quiero ver el brillo de sus ojos cuando, después de saciar su hambre y vestido sus cuerpos, le entreguemos esos trastos que tanto ilusionan a niños. Deseo verlos felices, tanto como a Pedrito porque, aunque le parezca extraño, ahí radica el mal que me aqueja.
Dicho esto, abrió el gran ventanal que daba al jardín. Seguía nevando y los copos, como algodones silenciosos, se iban posando en las ramas de los árboles, sobre la hierba, sobre los corazones…
-Venga, Roberto. ¿Verdad que es hermoso el espectáculo?
Pero el amanuense no pudo pronunciar palabra. Seguía mudo, con la lengua soldada al paladar, por la sorpresa.
Después, cerró la ventana, volvió al centro de la habitación y, como un orador que se dispone a lanzar un importante discurso, agregó:
-Tome nota y convoque una urgente rueda a todas esas organizaciones…, onegés, me parece que se llaman, a los que voy a comunicar mi decisión. Los conocimientos de estas personas me serán de gran utilidad para repartir la felicidad que ahora me embarga.
A partir de aquella mañana y todas las mañanas que siguieron a aquel memorable día, don Fernando no descansó hasta que todo estuvo listo. Y cuando cerraba los ojos para descansar y recuperar fuerzas se veía rodeado de niños satisfechos, niños de grandes ojos que alzaban sus manitas agradecidas hacia él. Sólo ese pensamiento le hacía feliz. Y su felicidad era tal, que no sólo recuperó la salud perdida sino que, además, contagió de amor y entrega a todos lo que le rodeaban. Permanecer a su lado era una fiesta, tal era el contenido de sus palabras, el ardor con que las pronunciaba y la generosidad que demostraba. Atrás quedaron pronto todos esos objetos en los que él buscó felicidad; pronto olvidó el oscuro pozo de su depresión y, hasta las flores de su jardín, a pesar de ser crudo invierno, le parecieron más hermosas, el sol más brillante y la nieve que tapizaba los campos, más luminosa. Y aunque su fortuna mermó considerablemente al desprenderse de muchos de sus bienes, logró ser el hombre más feliz de la tierra. Pero lo que nunca consiguió saber es quién puso en su camino a aquel muchachito, diminuto y vestido de harapos que tenía su carita pegada a la luna del bazar, ni tampoco que su felicidad dependiera de la mirada de un niño, un niño feliz.

FIN

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Los 6 suicidios de D. Tomás, maestro nacional


1er Suicidio frustrado

Era medianoche cuando don Tomás García, maestro de escuela nacional, cabeza de familia numerosa, acuciado por las deudas y perseguido por el infortunio, abandonó el hogar, desesperado.
Don Tomás, al contrario que su esposa, era de complexión enclenque, estatura mediana, cabeza estrecha y alargada en la que, a pesar de que aún era joven, apenas le quedaban un montón de cabellos negros y mal dispuestos. Ahora bien, sobre su labio superior mantenía un hirsuto bigote que él cuidaba con esmero y del que estaba orgulloso, a pesar de que le confería un aspecto ridículo y anticuado. Se abrigaba don Tomás con una gruesa pelliza de paño que había conocido muchos inviernos y que, si Dios y la lotería de Navidad no lo remediaba, aún conocería muchos más.
Doña Matilde, esposa del desdichado funcionario, corrió a despertar a su primogénito, de nombre Tomasín, que no tenía más de diez años de edad.
Llevaba Doña Matilde los ojos arrasados por lágrimas y el semblante preocupado cuando entró en el dormitorio del chico.
-¡Tomasín, hijo, despierta! –le dijo ella con palabras entrecortadas y apremiantes.
-¿Qué quieres, mamá?! ¿Qué pasa? ¿Por qué estás llorando? –preguntó el chico mientras se restregaba los ojos.
-Se trata de tu padre… Se ha marchado y temo que se suicide -dijo arreciando el llanto.
-¿Y qué es eso, mamá? –preguntó el joven cuyos ojos apenas habían despertado.
-No preguntes, hijo. Ya te lo explicaré en otro momento. Ahora, vístete rápido y ve a buscarlo. ¡Anda! ¡No perdamos tiempo!
-¿Y dónde voy a buscarlo, mamá? –protestó el chico.
-Tú sabrás. Eres el único que siempre lo acompañas… ¡Vamos! No te demores más y..., cuando lo encuentres, no te separes de él hasta que lleguéis a casa.
Terminada esta desesperada alocución, doña Matilde volvió a sumirse en la consternación mientras rogaba a los santos protección para todos.
Tomasín volvió a protestar. A pesar de su corta edad y por ser el mayor de siete hermanos, más aquel que dentro de poco nacería, sabía que sus padres discutían con frecuencia acuciados por los problemas económicos. Más de una noche no pudo conciliar el sueño hasta que ellos, cuyo dormitorio estaba a escasos metros de su cama, no cesaban sus recíprocas acusaciones, reproches y lamentaciones.
Corrían malos tiempos. España arrastraba las secuelas de la Guerra Civil y la penuria de la Segunda Guerra Mundial. Además, a pesar de que todo el mundo hablaba del Plan de Ayuda Marshal, sus beneficios aún no habían llegado hasta aquel apartado rincón. De todos era sabido que la paga de un maestro de escuela no daba para mucho; incluso circulaba, de boca en boca, un dicho popular basado en la precaria paga de estos servidores públicos, que decía: “Pasa más hambre que un maestro escuela”. Y era cierto que, a pesar de que don Tomás para mantener a su numerosa familia daba clases particulares, también ponía inyecciones y ayudaba a la comadrona del lugar en los partos; quehaceres que apenas cobraba porque a casi todos aquellos que prestaba servicios, él debía algún favor. Así que, después de trabajar noche y día, al pobre maestro no le alcanzaba ni para sufragar los gastos más imprescindibles de su hogar. Razón más que suficiente para que el buen hombre, abrumado por la escasez económica, sintiera deseos de terminar con todo cogiendo el atajo del suicidio que, bien mirado era como si con su muerte, la familia quedara relegada a la miseria.
Tomasín intentó evadir, una vez más, la misión que le encomendaba su madre. Por eso, en un arranque de desavenencia, insistió:
- ¿Y por qué no vas tú, mamá? Papá, no me hará caso…
Pero doña Matilde no estaba para discusiones.
-Vamos, hijo. No pierdas el tiempo. ¡Corre y búscalo, por favor!
El chico no volvió a protestar. Terminó de vestirse y salió de la casa como si fuera al cadalso. Dio unos pasos y se detuvo indeciso. La calle estaba desierta y mal alumbrada. A pocos metros, en algún tejado cercano, un gato maulló en la fría noche de otoño. El chico echó a andar, dio unos pasos, cambió de rumbo, volvió a detenerse y, al final, como iluminado por una idea clara, tomó el camino que se conducía a la estación de ferrocarril. Su padre adoraba los trenes. Solía decir que de no haber sido maestro de escuela le hubiera gustado trabajar para el ferrocarril, como revisor o maquinista. Y cada domingo, al filo del medio día, bajaba a la estación, acompañado de alguno de los hijos, para ver pasar el tren expreso.
Tomasín arreció el paso. La oscuridad y la ausencia de gente le producían pánico. En cada sombra creía atisbar peligro. Por eso echó a correr y, en pocos minutos, jadeando, llegó a la estación. Entró en la desierta sala alumbrada por una débil lamparita, la atravesó e irrumpió en el andén. En el extremo había un banco de hierro que él conocía muy bien; sentado en el mismo había un hombre que sostenía la cabeza entre sus manos, pensativo. Era su padre. Tomasín se acercó y se sentó a su lado sin pronunciar palabra. El hombre levantó la cabeza y lo miró con ojos tristes y cansados.
-¿Qué haces aquí, hijo? –le reprochó.
-Mamá…
-¡Ya! Tu madre te ha mandado a buscarme. Ella enciende la llama y después quiere apagarla valiéndose de ti. Pobre infeliz, hacerte levantar a estas horas de la noche…
Tomasín no contestó. Recordó las palabras de su madre. Se acercó más a su padre y se cogió a su mano. Así quedaron durante un rato hasta que don Tomás se levantó y dijo:
-¡Volvamos a casa, hijo! El tren no pasará hasta las nueve de la mañana…
















II
2º Suicidio frustrado

Se acercaba Navidad. La calle principal había sido engalanada con guirnaldas de colores y algunas luces de poca intensidad, que la cruzaban de lado a lado, le confería un aire festivo y entrañable. Don Tomás pedaleaba encaramado a su vieja Orbea con faro de carburo que apenas alumbraba el camino a casa y que, por tal motivo, más de una vez le llevó a naufragar dentro de algunos de los numerosos charcos de agua que sembraban las calles durante el invierno. Era tarde; los comercios ya hacía rato habían cerrado sus puertas y apenas había gente en la calle. Don Tomás se sentía agotado y desmoralizado. Había tenido un día agotador de trabajo y no llevaba dinero ni para cigarrillos. Durante toda la mañana, igual que en los últimos veinte años, había impartido clase a los niños de primera enseñanza en el Instituto; después de comer y con la última cuchara en la boca fue requerido, con urgencia, por la comadrona para asistir a una primeriza, que había roto aguas; seguidamente, sin apenas haber tenido tiempo, porque éste apremiaba, puso la inyección al tendero de la esquina, que padecía de gota y, por si todo eso era poco, curó las pústulas a doña Angustias, vieja cotorra que nunca pagaba pero que exigía como la que más porque para eso la habían nombrado abuela del pueblo… Así hasta bien entrada la noche en la que pedaleaba el último tramo de empinada calle hasta su hogar.
Cuando llegó a casa la mayoría de los hijos ya dormían o cumplían con sus deberes escolares mientras doña Matilde, con aire cansino, ponía orden en la cocina. Don Tomás entró, colgó la pelliza en la percha del vestíbulo y fue hasta su esposa.
-¿De dónde vienes a estas horas? –preguntó ella apenas le vio entrar.
-De dónde voy a venir, de trabajar como un desgraciado… -respondió el maestro de mala manera.
-¿A estas horas…? –volvió a insistir la esposa.
-¿A qué viene tanta pregunta? ¡Acaso no sabes que, menos barrer las calles, hago de todo mientras tú…!
-No empecemos, Tomás, por favor –respondió doña Matilde, irritada.
-Yo no he empezado. Has sido tú y tus malditos celos la que ha comenzado todo en lugar de recibirme como Dios manda…
-No metas a Dios en tus andanzas, que sólo Él sabe qué es lo que haces durante todo el día…
Don Tomás dio media vuelta y salió de la cocina. Tenía hambre cuando llegó a su hogar, dulce hogar, pero se le había quitado. Se descalzó, fue al baño y después entró en el dormitorio de los chicos. Tomasín leía un tebeo; los demás dormían plácidamente. Se acercó y besó a cada uno en la frente. Después fue hasta la cama del primogénito y le dijo:
-Hijo, no leas con esta luz, te hará daño en los ojos. Además, mañana tienes que madrugar. Anda, apaga la luz que no está el horno para bollos.
Tomasín dejó el tebeo, apagó la luz y, aunque no tenía sueño, simuló echarse a dormir mientras el maestro, arrastrando los pies como si llevara zapatillas de plomo, encaminó sus pasos al dormitorio contiguo, el de las chicas, que ya dormían, quizá soñando bellas fantasías.
Don Tomás regresó a la salita, conectó la radio y se sentó en su sillón favorito, junto a la mesa camilla.
Hacía frío incluso dentro de casa y bajo la falda de paño de la mesa, porque el brasero, de picón y carbón de encina, estaba casi apagado. Cerró los ojos y los abrió cuando su esposa, en actitud desafiante, le dijo:
-¿Qué? ¿No vas a cenar?
-No. No tengo hambre –mintió el infeliz maestro.
Doña Matilde giro sobre sí y se alejó murmurando en voz audible: “Allá tú y tu conciencia”
Don Tomás repitió para sí las últimas frases de aquella, que veinte años atrás, le había jurado amor eterno. Y no es que no estuviera satisfecho del comportamiento, ni de la honradez ni de su cariño, pero aquellas palabras hirientes, en los momentos menos oportunos, eran como puñaladas al centro de sus sentimientos. Porque, qué sabía ella lo era aguantar una clase de cuarenta chicos gastándole travesuras durante seis horas diarias; qué sabía ella lo que significaba postrarse a los pies de una vieja mal encarada para curarle unas pústulas eternas y malolientes; qué sabía ella acerca de pedir favores y estar agradecido toda una vida a las mismas personas; qué sabía ella lo que significaba recorrer el pueblo y acudir a los alrededores, hiciera frío o calor, lloviera o tronara, a bordo de su vieja bicicleta como medio de transporte, para prestar unos servicios incobrables...
Le subió la adrenalina el solo pensamiento de saber que era un fracasado y que ya no había camino de retorno en el sendero de su vida que, a cada paso, se hacía más angosto.
Cuando se acostó su esposa ya dormía. Él se instaló al otro extremo de la cama, donde dormitaba los últimos meses, relegado de todo contacto físico al que ya, por estar las cosas como estaban, no tenía derecho. Cerró los ojos e intentó, vanamente, conciliar el sueño. Le dolía el alma, si es que la tenía y se sentía mal; tan mal se encontraba que decidió levantarse. Sin hacer ruido tomó sus ropas, salió del dormitorio y se vistió en el rellano de la escalera. Después bajó, tomó su vieja Orbea y pedaleó hasta que entró en calor. Cuando se detuvo, observó que estaba a unos kilómetros del pueblo. La noche era clara y la visibilidad buena. Reinaba el más absoluto silencio, roto, de vez en cuando, por el canto de algún pájaro nocturno escondido entre los olivos. Echó a andar empujando su bicicleta hasta culminar un mediano monte que terminaba en un corte pronunciado y de cierta altura, desde el que podía ver, a lo lejos, las luces de algunas casas en vela. Consultó la hora, 02,45 de la madrugada. “¿Se habrán dado cuenta de mi ausencia?” -pensó para sí con cierto regocijo al saber que, también él, podía infligir desasosiego a aquellas personas que amaba y que ahora, en la quietud de la noche, eran la causa de que él estuviera allí sin saber por qué.
Se asomó al precipicio y sintió vértigo. Siempre tuvo miedo a las alturas pero en aquel instante el miedo que sintió no era por la altura en sí sino por el deseo de arrojarse al vació que, por unos momentos, atravesó su mente. Dio unos pasos atrás, se sentó sobre la fría hierba y comenzó a llorar. La luna se ocultó tras un enorme cúmulo y todo quedó en penumbra hasta que, de nuevo, surgió luminosa y espléndida. Se levantó don Tomás, sacudió sus ropas y volvió a asomarse intrépidamente al barranco que le llamaba con voz inaudible pero irresistible. “¡No! ¡No puede ser! ¡Aún no! Mis hijos, mi esposa, mis alumnos, el tendero, el señor alcalde…, todos me necesitan”.
Don Tomás bajó el monte como si fuera perseguido por un fantasma, y siguió pedaleando con furia mientras lloraba de rabia y de vergüenza. Cuando llegó a casa, su esposa estaba esperando y le preguntó:
-¿A dónde has ido, si se puede saber?
- Una urgencia… Un hombre ha estado a punto de morir…












3er Suicidio frustrado

Ocurrió un día gris y gélido a pocas fechas de la visita de los Reyes Magos de Oriente. Algunos comercios ya habían bajado sus persianas metálicas, mientras otros atendían a aquellos clientes más rezagados. Don Tomás caminaba de regreso a casa; su bicicleta, “sus otras piernas” como él solía decir, estaba pinchada y no había tenido tiempo para repararla. Caminaba lentamente y balanceaba su cuerpo a cada paso que daba. Se cubría la cabeza con un sombrero de pana y una bufanda de lana que apenas le dejaba hueco para ver el camino. Mientras recorría la estrecha callejuela pensaba en la razón por la que un hombre como él, además de cristiano practicante, acostumbrado a padecer el infortunio y la penuria, sentía, con alarmante frecuencia, el acoso del fantasma de la desesperación. Su sagacidad le había llevado a advertir algo que nunca antes le había ocurrido: la sensación de angustia y reproche que pesaba sobre él cada vez que discutía con su esposa, y siempre por los mismos motivos: la escasez de medios.
Don Tomás se levantó bien entrada la madrugada sin haber podido conciliar el sueño. Y durante esas horas, mientras su esposa dormía confiada al otro lado de la cama, él no había hecho otra cosa que pensar y pensar en el callejón sin salida en el que estaban tanto él como su familia. Al final llegó a una conclusión drástica: terminaría con su vida, con sus sufrimientos. Los suyos saldrían adelante sin él, ya que su esposa era fuerte y más joven, y podría ganarse la vida trabajando. Él se había convertido en un estorbo que, por no saber, no sabía de qué manera sacar adelante su hogar. Además, estaba cansado de luchar contra esa inseparable enemiga, la conciencia que le conminaba a terminar con su mísera existencia, de manera fatal.
Procuró no hacer ruido cuando se levantó. Después se arrastró hasta la cocina y escribió una simple pero emotiva carta de despedida en la que, entre otras frases llenas de cariño por los suyos y de desprecio hacia sí, decía: “…Soy tan cobarde que no puedo seguir viviendo sin lograr haceros felices. Personas como yo no tienen derecho a la vida, así que creo voy a hacer lo mejor para todos, porque, ¿de qué os vale, hijos míos, tener un padre como yo, siempre irritado y sin un duro? Y tú, esposa mía, ya no me necesitas en ningún sentido... Juntos hemos hecho siete hijos, más ese que llevas en tus entrañas…, que no llegará a conocerme… No le hables mal de mí, dile que hice lo que pude aunque no fue mucho”… Seguidamente, desconectó la espita del gas, abrió el regulador y se tumbó en el suelo boca arriba, los brazos cruzados sobre su pecho y la goma del gas metida en la boca. “Será el modo más dulce de acabar con mi inútil vida. Al menos -siguió recapacitando-, la muerte me sorprenderá aletargado y entraré, sólo Dios sabe dónde, sin rictus de dolor en mi semblante”… Inmediatamente cerró los ojos y encomendó su alma al Todopoderoso mientras evocaba su vida, lo que había sido de él desde que tuvo uso de razón.
Sumergido en un extraño pero agradable sopor visionó su niñez, felices tiempos que siempre guardó en su corazón como un regalo del destino; repasó su época de estudiante en un instituto de provincias; recordó las burlas de sus compañeros, que nunca aceptaron su condición humilde; también vino a su memoria sus años de Universidad en los que, a duras penas, logró sobrevivir y, por último, antes de que se quedara dormido profundamente, vio desfilar a sus hijos, uno a uno, que le tiraban besos con sus pequeñas manitas.
Los ruidos que escuchó cuando ya se creía en el más allá, le eran familiares. ¿Acaso en el otro mundo se iba a encontrar con sus seres queridos fallecidos? Le pareció demasiado pronto para tomar contacto con ellos sin un previo encuentro con San Pedro o el mismísimo Dios. Pero aquellas voces, en vez de remitir, fueron en aumento: No correspondían a seres difuntos sino a personas cuyo trato le era sumamente familiar y cotidiano. Abrió un ojo y después el otro; después, los cerró con fuerza. No podía ser, él estaba muerto y bien muerto. No había nadie capaz de resistir, inhalando gas durante horas, sin sucumbir. Volvió a abrir los ojos y ¿qué vio?, a su esposa y sus siete hijos que lo miraban con ojos espantados. El pobre hombre cerró de nuevo los ojos, creyendo estar alucinado. Y cuando volvió a abrirlos, allí seguían todos con sus caras maliciosas, escrutando cada uno de sus movimientos. Don Tomás movió una mano, después la otra y, seguidamente, intentó levantarse sin éxito. Sus huesos estaban entumecidos y no tenía apenas fuerza para gesticular palabra. Pero si habló uno de los hijos que gritó: “¡Papá está borracho!, ¡Papá esta borracho!
La goma del gas se hallaba a su derecha, tan inerte como él. Al fin, cuando doña Matilde vio que él no gesticulaba palabra, dijo, poniendo las manos en jarra y actitud desafiante:
-Se puede saber qué estabas haciendo ahí, tirado por los suelos, como un borracho cualquiera… ¿Acaso has empinado el codo a escondidas?
Don Tomás, algo insólito en él, alumbrado por una clarividencia que nunca poseyó, contestó representando su nuevo papel de inocente:
-Quise saber por qué no salía gas. Desmonté el tubo y, sin darme cuenta, me dio un mareo, creo yo…
Doña Matilde, que no tenía un pelo de imbécil, contestó categórica:
-¡Conque mareos! De sobra sabes que hace más de un mes que se agotó el gas y que cocino con carbón, así que no me vengas con estupideces. Échame el aliento y cuéntame la verdad.
“¿El aliento? ¿La verdad?”, -pensó don Tomás. No tomaba una copa desde hacía años; en cuanto al motivo por el que había sido sorprendido recostado en el suelo en actitud beoda, semiinconsciente, era vergonzoso y, como tal, no podía confesárselo a ella, y menos delante de todos aquellos inocentes. Se limitó a murmurar después de un largo suspiro:
-¡Para qué, si no me vas a creer! ...
Se levantó como pudo aunque ayudado en parte por los allí reunidos que, como si arrastraran un pesado fardo, lograron izarlo. Después, dirigió la vista hacia el lugar donde había depositado la carta de despedida, epístola que, por fortuna, había pasado inadvertida y continuaba tal y como él la había depositado: sobre la mesita del rincón. Nadie se había percatado de la misma, ni ninguno debería saber sus intenciones, su fallido e infantil suicidio.
Una vez dispersados su esposa e hijos, don Tomás cogió la carta, la guardó en el bolsillo de su pijama y la destruyó horas más tarde, cuando terminó las clases de primaria. Días después llegaron los Reyes de Magos de Oriente y, como siempre, apenas tuvieron tiempo para detenerse en su casa.





















4º Suicidio Frustrado

Después de aquella embarazosa historia del gas, don Tomás entró en una especie de tregua con su destino y con aquellos con los que, a diario, tenía que convivir. Aunque pronto, a pesar de su propósito de enmienda, volvió a sentir especial aversión hacia las gentes adineradas que, además, hacían ostentación de su opulencia de manera descarada y ofensiva. No obstante, y por ser católico practicante, pronto se arrepentía de esos sentimientos apocalípticos, secretos, fraguados bajo la sombra de la escasez económica que le perseguía y acudía al confesor.
Ni él ni su esposa volvieron a mencionar el incidente de la cocina. Sin embargo, a partir de aquel día, creyó ver en la mirada de doña Matilde un atisbo de desconfianza. El incidente de la estación, su insólita escapada aquella fría madrugada y su fracasado intento de pasar al otro mundo inhalando gas no habían pasado desapercibidos a sus ojos. Desde aquellos desafortunados momentos, las cosas fueron distintas; parecía como si un invisible muro se hubiera levantado entre ellos, de tal manera que, cuando estaban juntos, sentados codo a codo en el sofá, parecían tan distantes como lo está la luna del sol, cada uno a lo suyo: don Tomás repasando los cuadernos de sus alumnos; doña Matilde, enfrascada en la costura de montañas de ropa.
Una noche, después de la cena y los chicos ya se habían acostado, don Tomás preguntó:
-¿Cuándo sales de cuentas?
-¿De cuentas? –preguntó ella.
-Sí, de cuentas –respondió él.
-¡Tú sabrás! Para eso eres el padre de la criatura…
-Y tú, la que vas a dar a luz, ¿no?
Doña Matilde dejó la costura, se pasó la mano por su abultado vientre, suspiró y dijo con tristeza:
-Ya no creo que tarde en llegar. Cada día da más patadas el chico.
-¿Cómo sabes que es un chico si aún no ha nacido?
-Por las patadas que da. Las niñas son más tranquilas, menos inquietas… Son diferentes. ¡Cómo ya no te fijas en mí ni me preguntas…! -protestó ella.
Don Tomás también dejó sus quehaceres de corrección, se quitó los lentes y la miró a la cara. Hacía semanas que apenas se dirigían la palabra, y menos que hablaran de algo tan evidente y próximo como el nuevo alumbramiento de doña Matilde. La observó mientras ella, tal vez esperando algún olvidado requiebro, retomó la costura. La notó más vieja y descuidada. Sus cabellos revueltos. Las oscuras ojeras bajo sus párpados y la tristeza de sus ojos le conferían un aire abatido y preocupado. Don Tomás sólo acertó a decir una frase corta y triste que estuvo a punto de desatar una nueva tormenta conyugal:
-¡Pobre infeliz!...
Doña Matilde se levantó, dejó a un lado la costura y lo desafió con la mirada durante unos instantes en los que el maestro no osó levantar la vista. Seguidamente, giró sobre sí, se encerró en el baño y, al rato, escuchó como entraba en el dormitorio, cerraba la puerta con violencia y rabia contenida. Por primera vez, en mucho tiempo, no se habían dado las buenas noches; la intransigencia y la discordia, que hacía tiempo rondaba aquel hogar, se hicieron patentes en aquellos momentos. Las muestras de cariño, besos, abrazos y miradas de complicidad entre los esposos, también habían volado como aves migratorias y ya no quedaba ni el rescoldo de una pequeña llamita de cariño entre ellos. ¡Con qué fuerza se abatía el fantasma de la penuria sobre aquel hogar! –pensaría cualquier omnisciente observador. Entonces, ¿por qué continuaban juntos? Por necesidad, por obligación, por seguir con los principios de amor eterno que juraron ante el altar; amor, ahora truncado en odio por las circunstancias de la vida…
Don Tomás apartó con furia el montón de libretas que tenía sobre la mesa, entornó los ojos y, una vez más, como una vieja película que siempre acudía al recuerdo, desfilaron por su memoria aquellos años de niñez y juventud, felices. Así estuvo durante un tiempo indefinido. De vez en cuando una lengua de fuego impotente se rebelaba dentro de él; le hacía levantarse y dar paseos por la habitación como si fuera un lobo enjaulado. Después, se sentó, apoyó su cabeza sobre los brazos, abatido, luchando, quizá, contra una nueva salida, cobarde siempre, de los más débiles.
Era más de media noche cuando se levantó, fue hasta el dormitorio y se encontró con la puerta cerrada con llave. Después, como cada noche, dirigió sus pasos a los dormitorios de los chicos y los besó, uno a uno, en la frente, no sin antes detenerse y mirarlos con tristeza. A continuación hizo lo mismo con sus hijas que dormían plácidamente. ¿Era, quizá, una despedida aquello? Tal vez, aunque no era la primera vez que hacía la ronda, antes de acostarse, para despedirse de sus hijos a los que, con frecuencia, no veía en todo el día. Volvió a la salita. El brasero de carbón se había extinguido y hacía frío en la habitación. Tomó la pelliza, se la colocó y se sentó en el sillón. Fuera el viento silbaba y por una de las vidrieras rotas se colaba como si fuera un cuchillo helado.
Don Tomás analizó su vida, fracasada estrepitosamente, igual que una copa de vidrio que cae al suelo y se hace añicos, con estruendo. Así era y sería el resto de su vida, una existencia que si no fuera por aquellos infelices que dormían confiados, ya haría tiempo habría terminado. Pero, como era cobarde, ni siquiera tenía agallas para terminar y mucho menos para seguir adelante. Y sin saber cómo, tal vez porque Satanás estaba a su lado, pensó en colgarse de una viga que había en el trastero. Tembloroso, se levantó y caminó hacia el provisional cadalso con pasos pequeños y forzados. La puerta estaba abierta, como invitándole a entrar. Arrastró una silla de la cocina, tomó un trozo de cordel, lo pasó por la traviesa, hizo un lazo con nudo corredizo que trabó a la cerradura de la puerta. El escenario estaba listo. Don Tomás subió a la silla, se santiguó, encomendó su alma a Dios, pidió perdón por sus pecados y propinó un puntapié a la silla, que salió despedida. El hombre quedó suspendido en el aire. Mas, de pronto, algo se resquebrajó y su cuerpo, que ya estaba camino de la Eternidad, fue a dar contra el suelo con tan mala fortuna que recibió un tremendo golpe en la cabeza. Perdió el conocimiento y la noción de lo ocurrido. Cuando despertó no estaba en otro mundo, sino en una cama del ambulatorio con la cabeza vendada y doña Matilde, que lo miraba con ojos delatores, sólo acertó a decir:
-Cuando te pongas bien iremos al siquiatra.


















5º Suicidio frustrado

Cuando don Tomás abandonó el hospital después de recibir el ALTA médica, parecía haber envejecido diez años. Tenía la cara apergaminada, amarillenta, avejentada por la penuria y martirizado por el rencor de haber malogrado, por cuarta vez, el quitarse la vida.
La noticia, aumentada y corregida por los ciudadanos, había corrido como la pólvora, extendiéndose hasta los confines del pueblo como una crónica sin precedentes.
Doña Matilde cumplió con su promesa y una semana después, muy temprano, tomaron el autobús que conducía a la capital de la provincia para visitar al médico del alma, quien, después de una hora larga de preguntas y anotaciones, llegó a una conclusión:
-Querido amigo, usted está atribulado y quiere dejar de estarlo por la vía más rápida pero, también, la más cobarde: el suicidio.
Los esposos, una vez escuchado el sabio veredicto del psiquiatra, se miraron incrédulos ante una respuesta que ellos ya conocían de sobra. Cuando abandonaron la consulta, después de abonar los honorarios al doctor, volvieron a discutir sobre si “aquello” había sido necesario. Y fue don Tomás quien habló primero, una vez recorrido un gran trecho hasta la estación de autobuses.
-Ya te lo dije, Matilde, esta gente nada más quieren dinero. Pero tú, como siempre, te sales con la tuya y ahora, gracias a tu iniciativa, nos hemos quedado sin los cuarenta duros que teníamos para comer.
Doña Matilde no contestó. Estaba a punto de dar a luz y hacía un gran esfuerzo para caminar junto a su esposo. Se le notaba contrariada y, en cierto modo, se sentía responsable de lo ocurrido; primero, por haberle cerrado la puerta de la alcoba y después, por obligarle a una sesión de psiquiatría que, además de sacarle el poco dinero que tenían y de recetarle un montón de tranquilizantes, le había dado unos cuantos consejos que para nada servirían. El problema era la escasez, la falta de medios, para salir adelante con una familia numerosa, cuyos únicos beneficios estatales eran descuentos en el transporte por ferrocarril y otras menudencias que de nada valían para paliar la situación.
Una semana más tarde doña Amparo dio a luz a una preciosa niña. Una chica más que sumar a las cuatro existentes. Don Tomás solicitó, inmediatamente, el carné de familia numerosa de segunda categoría, con lo cual obtendría la ayuda de una asistenta social dos veces por semana y leche para la neófita.
Aparentemente la situación había mejorado, sin embargo, el maestro se encontraba al borde de una nueva depresión, que se agravó gracias a la conducta de sus paisanos, los mismos a los que él había servido incondicionalmente. A su paso, la gente le miraba con suspicacia y murmuraban a sus espaldas. Había perdido clientela y la comadrona no volvió a requerirlo en los partos. Incluso los niños de la escuela, comenzaron a mofarse de él sin disimulo. La situación llegó al colmo cuando un día, durante el recreo, don Tomás recibió una pedrada en la cabeza y tuvieron que darle cuatro puntos de sutura. La desgracia se estaba cebando con el pobre maestro de escuela. Y aquella misma semana el director del centro, con palabras corteses e hipócritas, le “recomendó” se tomara un merecido descanso. El maestro protestó, aludiendo que él estaba bien y que no necesitaba sino trabajar para sacar adelante a su familia. Pero sus palabras, ahora tomadas por las de un loco que daba mal ejemplo a sus conciudadanos, cayeron en saco roto.
-No insista, don Tomás. Tómese un respiro… indefinido –le dijo el director con aire paternalista y cínico.
Y don Tomás no insistió. Cogió su chaquetón, se caló su sombrero de fieltro y abandonó el instituto. Después, caminó sin rumbo durante toda la mañana. Cuando llegó a su casa se encerró en el dormitorio y se tumbó en la cama, alegando que no se encontraba bien. A partir de aquel momento, el fantasma de la muerte se acomodó junto a él y, por quinta vez, creyó ver la luz de su liberación en un nuevo acto cobarde como única salida a sus males. Luchando contra lo inevitable, le sorprendió la noche. Doña Amparo vino a verle varias veces hasta que consiguió hablarle. Pero estaba ciego y no atendía a razones. “Por primera vez –pensó para sí- seré egoísta y no obedeceré sino a mi propia conciencia”. Pensamientos trágicos que no reveló a su esposa en ninguna de las ocasiones en la que ella, con su pequeña en los brazos, vino a dialogar con él.
Cuando llegó la hora de cenar tampoco apareció por el comedor, tal era su firme voluntad de separarse, en cuerpo y alma, de la razón por la que tanto le costaba morir. Y si veía a sus hijos, quizá, se acobardaría y perdería voluntad para hacer lo que tenía que hacer. Aprovechó que su esposa estaba atareada con la cena de los chicos para tomarse un tarro de aspirinas. Se tumbó en la cama, cerró los ojos y procuró no pensar en nada. La muerte, quizá una muerte digna y dulce, le sorprendería durmiendo, ajeno a todo y a todos, feliz de pasar al otro mundo cómodamente tumbado y caliente. Siempre había soñado con una muerte así de placentera y no como ya lo había hecho anteriormente, colgado de una cuerda, inhalando gas, asomándose a un precipicio o arrojándose al paso del tren expreso. Todas, muertes ordinarias y al alcance de cualquier inculto... Sin embargo, ahora sería distinto. La esposa creería que dormía plácidamente y los chicos, como era habitual cuando se vio obligado a guardar cama, vendrían a darle un beso de despedida antes de acostarse. ¡Pasaría al otro mundo sin dar un espectáculo! La sola idea le hizo sonreír. Se burlaba de la muerte y ello le hizo sentirse importante. ¡La muerte! Todo el mundo teme a la muerte menos él, que por quinta vez la desafía...
Don Tomás sintió que los párpados le pesaban y que, cada vez, le costaba más trabajo concentrarse. ¿Serían esos los primeros síntomas del inmediato estertor mortífero? No tenía dolores ni siquiera de estómago, pero tampoco le preocupaba porque él siempre gozó de unas tripas a prueba de bombas. Mientras llegaba el sueño infinito, pensó en la nueva vida que le aguardaba. ¿Cómo sería el más allá? ¿Le reprocharían su acto vergonzoso y cobarde de dejar viuda y ocho niños indefensos? ¡Qué sabía Dios de sus sufrimientos y vejaciones! Le plantaría cara y diría: “Aquí estoy, Señor, porque me has abandonado a mi suerte”.
Dialogando con Dios y con San Pedro en su subconsciente, don Tomás perdió cognición y todo contacto con el mundo que le rodeaba cayendo en un profundo sopor.
.-.-.-.-.-.
Despertó don Tomás, pero no en el más allá como deseaba, cuando su esposa, junto al lecho, lo zarandeaba de manera apremiante.
-¡Vamos Tomás, que vas a llegar tarde al instituto!
¿Instituto? ¿Acaso en el otro mundo también los había? Se pellizcó la nariz, los brazos, las piernas y miró en derredor. Sí, aquella habitación era su dormitorio y aquella su cama, donde creyó le encontrarían cadáver. Pero no, estaba vivo y bien vivo. Sólo acertó a murmurar.
-¿Estoy vivo o muerto?
Doña Matilde, a punto de perder los estribos, le contestó de mal talante:
-Ni lo uno ni lo otro: estás dormido. Así que levántate ya y no te demores...
Don Tomás volvió a pasear la mirada por la habitación y la detuvo sobre la mesita de noche, donde aún reposaba vacío el tarro de las aspirinas. No tuvo que preguntar qué pasaba porque doña Amparo, adivinando la pregunta, le acusó:
-¿Acaso creías que te habías envenenado tomando un montón de aspirinas? ¡Qué iluso eres, Tomás! No vales ni para eso –le dijo con desprecio. Seguidamente, añadió: Fue lo primero que me recomendó el doctor: “Quite de en medio todos aquellos fármacos a los que él pueda echar mano y reemplácelos por medicamentos placebos”.
Ahora lo veía claro. De nuevo la muerte se había burlado de él y, como bien le había calificado su esposa, no valía ni para suicidarse.






6º Suicidio frustrado

Don Tomás, temiendo las iras de su esposa, había omitido comunicarle lo de su vacaciones forzosas. Hasta tal punto temía la reacción de ésta que, ahora, cuando ella le conminaba a levantarse para acudir a la escuela, no sabía qué contestar. Y no se le ocurrió sino echar mano a la clásica jaqueca como salida airosa y socorrida al dilema.
-Hoy no iré al trabajo. Me duele horriblemente la cabeza y no estoy en condiciones de aguantar a tanto granuja…
Doña Amparo le miró de tal manera que él, creyendo que adivinaría sus pensamientos con solo mirarle, cerró sus ojos en un vano intento por soslayar el examen escrutador que su esposa le dirigía. Sabía que la tormenta estaba a punto de estallar, lo cual no le extrañaba; sobre todo si tenía presente que, tanto ella como él, estaban al corriente de que todas las ausencias no justificadas al trabajo mermarían, sustancialmente, la exigua paga mensual.
Doña Amparo no tardó en explotar, zangarreando violentamente al infeliz maestro como si fuera un muñeco.
-¿Acaso crees que me voy a tragar lo de la jaqueca? ¿Sabes lo que te pasa? Que eres un holgazán y un histérico, Tomás. ¡Jaqueca! ¿Crees que estamos para jaquecas? ¿Y qué pasa con las inyecciones? ¿Y la comadrona, por qué no te llama? ¿Es que ya no nacen críos en este pueblo? ¿Qué te pasa, Tomás? ¡Dímelo, por el amor de Dios! Porque si no la que va a acabar en el manicomio soy yo.
Don Tomás escuchó la arenga preñada de verdades y soportó con estoicismo ser sacudido como un pelele, sin inmutarse, como si no fuera con él aquella natural reacción de esposa y madre de ocho hijos desesperada. Se hallaba oculto tras un invisible caparazón a la realidad de la vida; no quería dar la cara a la cotidiana ingratitud que le rodeaba, aunque de nada le serviría aquella manera de proceder, porque, a su lado, como el constante martillo del herrero sobre el yunque, estaba doña Matilde, que no le permitiría ocultarse a la realidad bajo las alas de la cobardía. Asomó la cabeza entre la ropa de la cama y dijo con voz apenas audible:
-¿Y qué quieres que haga, mujer?
-Qué te levantes, te asees y le plantes cojones a la vida. ¡Mira a tu alrededor! ¿Qué van a pensar de ti tus hijos, Tomás? Nosotros somos los responsables de su presente y de su futuro y si fallamos, aunque sólo sea uno de los dos, estarán perdidos… Sería como un crimen contra nuestra propia sangre.
Aquella última frase causó el efecto pretendido y el maestro de escuela, venciendo la inercia que le aconsejaba permanecer en cama, se levantó y después de asearse y tomar un café, marchó a dar sus clases como si nada hubiera pasado.
Doña Amparo suspiró aliviada aunque no estaba convencida de que sus palabras, incitadoras al coraje de vivir y luchar, permanecieran por mucho tiempo aferradas al ánimo de su marido.
Cuando don Tomás regresó del trabajo daba la impresión de estar más animado. El director, no sólo le había readmitido sino que, además, se había preocupado por su aspecto y los niños, increíblemente, no se mofaron de él. Sin embargo, no recibió ni un aviso solicitando sus servicios de practicante ni el señor alcalde le llamó para curarle su pierna. Tenía la impresión de que, de pronto, a pesar de que la primavera se había asomado con fríos y alguna que otra nevada, nadie parecía estar enfermo ni necesitara sus servicios. Lo cual, acudiendo a su mente en el silencio de la noche, cuando todos dormían, volvió a resucitar el fantasma de la incomprensión. Don Tomás volvió a preguntarse por enésima vez, el por qué, la razón por la cual, de la noche a la mañana, el pueblo entero se puso en su contra como si fuera un apestado.
Dio media vuelta, se santiguó, para espantar los malos pensamientos e intentó dormir. Y bien que quedó en un intento, lo de conciliar el sueño, porque nadie sabía, ni siquiera el propio interesado, que don Tomás estaba bajo la influencia de una fuerte depresión que le aconsejaba la inmolación como solución rápida a todos sus problemas. Durante las horas que siguieron, aquella noche, don Tomás repasó, como si fuera un ejercicio más de sus quehaceres como maestro nacional, las ventajas e inconvenientes que tenía morir de una manera u otra. Ya había intentado, sin éxito, como hemos podido comprobar, algunos de los métodos más usuales para irse al otro mundo. “La verdad –pensó para sí mientras miraba al techo de su habitación- que morirse sin permiso de Dios es harto difícil”. Llevaba razón. Porque en aquel pueblo, aparte de arrojarte al tren, tomar una sobredosis de barbitúricos o colgarte de un olivo, no había otro medio para quitarse la vida. “Si tuviera una pistola, me pegaría un tiro”. Pero no tenía armas ni nunca las tuvo y, de poseerla, quizá erraría el tiro. Sonrió, sin que su mueca fuera presenciada por su esposa que, en ese momento, tal vez soñando con una nueva locura de su loco maestro, le buscó con sus manos, inconscientemente. Don Tomás se volvió hacia ella y correspondió a sus caricias deslizando sus manos bajo el camisón y palpó los turgentes senos aún jóvenes e enhiestos a pesar de los numerosos embarazos. De pronto sintió deseos de despertarla, cabalgar sobre ella y penetrarla. Sería su último coito antes de pasar a una nueva vida sin sexo, ni rencillas, ni penurias, ni enfermedades, ni odios… Doña Matilde dio media vuelta y se separó de él cuando su verga, erecta y plena de deseo, estaba lista para entrar en acción. Después, también giró sobre sí y dio la espalda a su esposa. Aquel repentino deseo carnal, como ocurriera otras muchas veces, había sucumbido antes de consumarse gracias a la ignorancia que siempre demostró acerca de la conducta sexual de su mujer.
Permaneció inmóvil durante tiempo indefinido en el que repasó, uno a uno, todos sus fracasos. Poco a poco, calmadas sus repentinas ansias de varón, don Tomás se fue hundiendo en ese profundo sueño reparador que sucede a situaciones de chasco y del que nos cuesta salir por temor a enfrentarnos de nuevo a las penalidades y lucha de la vida.
Amanecía cuando el maestro de escuela ya llevaba un buen rato en la cocina frente a una taza de café frío. Al filo de las ocho de la mañana hizo su entrada en la cocina doña Amparo y, al poco rato, soñolientos los pequeños y repeinados los mayores, fueron llegando los hijos. La cocina siempre fue escenario de tertulia familiar; allí se discutía y alborotaba, mientras doña Amparo, con paciencia infinita, sorteaba obstáculos y chiquillos mientras cocinaba. Pero desde aquel inolvidable incidente en el que encontraron a don Tomás tumbado en el suelo con el tubo del gas entre las manos, todo había cambiado, como si aquel lugar les recordara cada día el fallido intento de suicidio. A pesar de todo siguieron reuniéndose allí al amparo del calor que despedía el fogón y el aroma del café recién hecho.
Don Tomás se mostró dolido con su esposa aquella mañana. Quizá lo tachaba de loco, pero no tanto como para no darse cuenta de que ella, disimuladamente, alegando unas veces un dolor de cabeza ficticio o un cansancio inexistente, lo rechazaba. Y ese rechazo, tal vez fueran figuraciones suyas, le irritaba y lo llenaban de rencor, aunque también era consciente de que a un ama de casa, esposa abnegada pendiente de los hijos y de las excentricidades del marido, no se le podía castigar con un destino tan incierto y desdichado. ¿Pero por qué se recreaba ignorándolo cuando él sólo reclamaba un poco de ternura y comprensión?
Abandonó el hogar malhumorado, cerrando la puerta con estrépito, como el fracaso de su vida. Y echó a caminar con paso incierto. No sabía si acudir al instituto o, por el contrario, como hacía cuando era un jovencito rebelde, hacer novillos. La vida había cambiado y ahora, el maestro, convertido en adulto rebelde, tomaba un camino en el que cada metro recorrido dejaba tras de sí un trozo de ese resquemor que le incendiaba el alma.
Don Tomás llegó a las afueras del pueblo y se sentó sobre una piedra a orillas del camino, como viajero de la vida, fatigado de existir. Y comenzó a lanzar guijarros para ahuyentar malos pensamientos. Porque cuando un hombre está solo y enfrentado a si mismo, corre el peligro de sucumbir ante su propio yo. Él es su mayor enemigo con el que tiene que convivir hasta el fin de sus días. Por eso hacía tiempo que había decidido acabar con su vida, pero la suerte no le acompaña. “No vale ni para quitarse la vida” –había escuchado que se rumoreaba por el pueblo cuando la gente, los buenos ciudadanos, se habían enterado de sus fracasados intentos de suicidio. ¡Y llevaban razón los buenos ciudadanos!, porque, incluso él, reconocía que para quitarse la vida en plan serio, dejando atrás infantiles métodos que hasta el más tonto podía ejecutar, había que tenerlos pero que muy bien puestos. Y él no los tenía. “¡No!” –gritó. Y el eco, burlándose de él y de su furor incontrolado, le repitió la negación, ampliada por mil.
Cuando regresó al pueblo y entró en el instituto se tuvo que enfrentar a la recriminación del director y a la sanción del administrador: le descontarían de su mísero sueldo dos horas y, como castigo por haber hecho “rabona”, dos días de vacaciones que nunca llegaba a disfrutar. Pero lo que más de dolió de todo aquel sermón, exagerado e irrespetuoso, fue que se lo hicieran saber frente a todos los chiquillos, quienes, a duras penas, aguantaron las risas.
Al mediodía evitó volver a su casa para no descargar allí la cólera que le atenazaba el corazón. Deambuló perdido el resto de la tarde hasta que el sol comenzó a apagarse. Sólo entonces decidió regresar a casa a pesar de que el aspecto que presentaba no era sino el de un hombre fracasado.
En casa, menos los hijos más pequeños, todos rehusaron hablarle, tal vez impactados por el deplorable semblante o, quizá, conmovidos por el talante con el que llegó. Lo cierto es que don Tomás, una vez más, se encerró en sÍ mismo sin pensar que se debía a su mujer e hijos por encima de todas sus desgracias y desplantes laborables.
Pero, he aquí, para desgracia de don Tomás, que dos días más tarde sucedió un hecho que iluminó la manía que perseguía al maestro: un obrero de la construcción quedó electrocutado por haber tocado los cables con corriente eléctrica. Aquella lamentable noticia, que no dejaba de ser un accidente laboral más de los muchos que acaecían con frecuencia, fue la clave para que don Tomás, ¡por fin!, vislumbrara un medio infalible para culminar sus ansias de libertad eterna. Y aquella misma noche, cuando todos descansaban ajenos a la nueva maquinación del pobre maestro, don Tomás enchufó dos cables al primer enchufe que encontró, que no fue otro que el que estaba junto al lavabo del baño. Se sentó en el suelo después de haber apagado la luz del baño, humedeció sus manos para que hicieran buen contacto los electrodos, encomendó su alma a Dios, por sexta vez, entornó los ojos y agarró los dos extremos, convenientemente pelados, del hilo eléctrico. Y, ¡chaff!, un calor especial recorrió su cuerpo de abajo a arriba hasta que llegó a la cabeza. Seguidamente perdió la conciencia y se dispuso a llegar a presencia de Dios, a quien explicaría el motivo de tan drástica manera de precipitar su fin.
No supo cuánto tiempo permaneció agarrado a la vida o enganchado a la muerte. Pero si se percató que, como en los casos anteriores, comenzó a oír voces que le eran familiares y, en el cielo, si es que ya estaba allí, no recordaba tener a nadie que le resultara tan conocido. Por eso, en un supremo esfuerzo, abrió un ojo y después el otro. Ante él, estaban algunos de sus hijos que, creyéndole muerto, llamaban a voces a su madre.
Don Tomás soltó los cables justo en el momento que hacía su aparición doña Amparo. La escena, como podrán imaginar, era patética y cómica al mismo tiempo. ¿Qué había pasado para que él, después de tomar todas las medidas y sopesado las consecuencias, aún estuviera vivo?
-¿Se puede saber qué has hecho para que se fundan los plomos de toda la casa? –increpó doña Matilde mientras apartaba a los hijos para mejor encararse con el aprendiz de electricista suicida.
Don Tomás se levantó, se sacudió el pijama, se alisó el pelo y caló los lentes. Después, contestó con indiferencia:
-Intentaba arreglar el enchufe…
.-.-.-.-.
La historia de los suicidios de don Tomás podría ser eterna, como perpetua era su situación, sus penas y las vicisitudes por las que hubo de atravesar el buen maestro. Pero nos conformaremos con saber que, durante mucho tiempo, don Tomás, quizá convencido de que no había llegado su hora, olvidó el suicidio. Estaba escrito que él, a pesar de todos los frustrados intentos de inmolación, dejaría este mundo cruel cuando Dios lo decidiera.