Érase una vez, no hace mucho tiempo, un hombre inmensamente rico y solemnemente infeliz. Se llamaba don Fernando, pero le apodaban don Avaricia por su conducta avara y egoísta. Vivía en una lujosa mansión a las afueras de la gran ciudad, rodeado de grandes jardines amurallados y de una pléyade de fieles servidores. Sus numerosos caprichos se convertían en realidad con la misma velocidad con que acudían a su pensamiento. Con lo cual, su existencia se convirtió en algo tan frívolo como sus deseos. Pero he aquí que aquel hombre, a pesar de estar convencido de que atesorando bienes materiales conseguiría ser feliz, no lograba sino acrecentar su desdicha.
Era don Fernando un mortal de edad indefinida, bajito y regordete. Su cabeza, redonda como una bola de carne con ojos, estaba unida al tronco mediante un cuello corto y robusto como el de un levantador de pesos; sus ojos, pequeños y redondos como dos círculos inexactos, tenían la mirada inquisidoramente desconfiada y estaban casi ocultos por unas cejas extremadamente pobladas. Sus ademanes, prepotentes y decididos eran los propios de un hombre acostumbrado a mandar y a ser obedecido; basta decir que con un movimiento de su mano o un guiño de sus pequeños ojos, aquellos que le servían ya sabían qué deseaba su señor.
Pero a pesar de todo don Fernando siguió viviendo sin lograr la paz interior que, con toda seguridad, era lo único que no tenía. Y esa desdicha, solapada con las ansias de poseer, le precipitó, con el paso de los años, al oscuro pozo de una horrible depresión sin fondo; momentos turbadores durante los que solía revelarse contra todo. En poco tiempo adelgazó y se puso pálido; con mucha frecuencia permanecía insensible y como se alejaba de todo lo que le rodeaba daba la impresión de ser un alma viviente más que un hombre todopoderoso. Tal llegó a ser su estado de ánimo, que, unas veces reía sin motivo aparente y otras permanecía sentado, mudo e inmóvil con la cabeza entre las manos. De sus ademanes, prepotentes y altivos otrora, sólo quedaba el recuerdo; en cuanto a su manera de caminar, antes marcial y diligente, ahora parecía como si arrastrara los pies y cada paso supusiera un terrible esfuerzo. De su altiva cabeza con cuello de luchador de pesos pesados sólo quedaba un cuello flaco que apenas podía mantenerla erguida, tal era su estado y debilidad. A raíz de entonces aquel poderoso señor consultó su mal con los mejores psicólogos, acudió a los más célebres psiquiatras, llamó a consulta a los más afamados cardiólogos, se puso en manos de renombrados endocrinólogos y expuso su desazón a sabios de medio mundo… Pero nadie sabía qué pócima podría curar el mal que aquejaba al pobre hombre rico.
Pero he aquí que un día, víspera de Navidad, don Fernando, acompañado de su chofer y de su secretario particular fue hasta el centro de la ciudad para dar un paseo y observar el ambiente de las fiestas. Caminaba por la calle, escoltado por su fiel secretario cuando, si saber por qué, posó sus ojos en un chiquillo, de no más de seis años, que permanecía con su carita pegada a la vidriera de un gran bazar que allí había.
Reinaba un frío intenso y desde el oscuro cielo del anochecer caían pequeños copos de nieve que se iban posando silenciosa y caprichosamente sobre árboles, coches, peatones… La atmósfera era la típica y tradicional de una estampa navideña: calles engalanadas con guirnaldas luminosas de vivos colores, música de villancicos que se escapaba de los grandes almacenes, gentes presurosas cargadas de paquetes y, como no, humildes pedigüeños que solicitaban una limosna, por caridad.
Don Fernando se detuvo e hizo parar a su secretario al tiempo que le decía, señalando al chiquillo:
-Roberto, fíjese en ese niño.
El secretario se detuvo, dirigió la mirada hacia el lugar donde señalaba su patrón.
-¿Qué tiene de particular, señor? Es un mendigo; uno de tantos infelices que pululan por estas fechas, molestando a la gente…
-No sé –respondió don Fernando- pero ese chiquillo ha despertado mi interés; de pronto me ha hecho recordar mi infancia, cuando también yo me quedaba embelesado mirando los escaparates. ¡Qué tiempos aquellos, Roberto! Allí soñaba durante horas y horas cómo sería la vida rodeado de aquellos juguetes que nunca lograba… Yo también fui pobre, aunque no mendigo. Sin embargo, ese niño…
El secretario, molesto tal vez con la ocurrencia de su amo, volvió a restarle importancia al chiquillo.
-Déjelo estar, don Fernando. ¿No ve que es un harapiento? Si le hace caso, nos perseguirá toda la noche…
Pero don Fernando, que de pronto había sentido una atracción irresistible hacia aquel niño, se acercó a él, le puso la mano sobre su hombro y le dijo:
-¡Qué, chaval, te gustan los juguetes! ¿Verdad?
El niño volvió su carita redonda y pequeña, miró a don Fernando con sus negros ojos tristes y asintió con un movimiento de cabeza, afirmativamente.
-¡Qué!, ¿no tienes lengua? –exclamó don Fernando al tiempo que se ponía de cuclillas para mirar al chico a su misma altura.
Y el harapiento muchachito, sin pensárselo dos veces, sacó su lengua, pequeñita y rosada, y la movió de derecha a izquierda y de arriba a abajo.
-¡Ah! ¡Eso está bien, si señor! Y como veo que tienes lengua, también sabrás decirme como te llamas, ¿no? –preguntó don Fernando con los ojos encendidos de ilusión.
El chiquillo bajó la mirada, tímidamente; seguidamente alzó la vista y contestó:
-Me llamo Pedrito, señor.
Todo esto ocurría ante los atónitos ojos de Roberto, quien, a escasos metros, observaba la escena no sin cierto disgusto y, al mismo tiempo, complacido por la conducta de su señor.
Mientras tanto, don Fernando se sintió contento por haber logrado captar la atención del chico, que ya no miraba a los juguetes sino al extraño desconocido que se interesaba por él.
-A ver, Pedrito, ¿qué hace un hombrecito como tú, solo, en mitad de la calle y de noche? ¿Dónde está tu mamá?
El chico giró sobre sí y con sus pequeñas manitas, enfundadas en guantes de lana cuyos dedos quedaban al descubierto, señaló a una joven que, no lejos de allí, pedía limosna.
-¿Aquella es tú mamá? –preguntó.
El chico asintió. Entonces, don Fernando, incorporándose, le dijo:
-Anda, dile a tú mamá que venga aquí.
Y Pedrito echó a correr hasta llegar a la altura de la joven, le tiró de su chaqueta reiteradas veces hasta que ella, desviando la atención de lo que hacía, se agachó y habló con el hijo. Al instante ambos dirigieron la mirada hacia don Fernando y su secretario, y encaminaron sus pasos, no sin cierto recelo, en dirección a nuestro protagonista.
Don Fernando los vio acercarse sin reparar que su corazón, minutos antes fatigado y melancólico, comenzaba a palpitar de manera alegre y agradable, mientras pensaba qué decir a aquella joven madre, ciertamente en la indigencia y, quién sabe si con problemas de otra índole.
Pedrito venía cogido a su mano. Se pararon a prudente distancia, con recelo.
Don Fernando se acercó y le dijo:
-¿Me permite que haga algo por ustedes…?
Madre e hijo se miraron extrañados; seguidamente, con voz apenas audible, la joven dijo:
-Sólo pido algo para comer esta noche… Tengo dos hijos, Pedrito es el mayor; el pequeño, que aún no tiene un año, se ha quedado con la abuela…, enferma.
Don Fernando, a pesar de aquellas palabras llenas de prudencia y sinceridad, se frotó las manos, suspiró hondo, miró hacia el cielo y de sus ojos, de no haber sido por la copiosa nevada que bajaba del oscuro cielo, podría decirse que brotaron lágrimas de felicidad. Pero nadie, con excepción de él mismo, supo de su emoción ni de sus sentimientos. Al instante, repuesto y decidido, llamó al secretario y le dijo, resueltamente:
-Roberto: es Noche Buena. Vamos a solucionar el problema de esta señora.
-¿Cómo, señor? –respondió el incrédulo secretario.
-Muy fácil. Entraremos en ese bazar y compraremos, además de todos los juguetes que quiera Pedrito, todo aquello que ella necesite para pasar una noche buena en condiciones.
Y sin más, hicieron su incursión en el establecimiento aquel grupo extrañamente heterogéneo y decididamente aleccionador: un hombre de edad indefinida rejuvenecido y con aire marcial, seguido del malhumorado secretario y una joven pedigüeña, muda de sorpresa, que daba la mano a un chico harapiento que saltaba de alegría.
El revuelo que causó aquellos extravagantes “clientes” fue patente desde el instante en el que don Fernando, rehabilitado a su natural prepotencia, pidió al encargado del bazar que pusieran a disposición de aquella señora y de su hijo todo lo que necesitaran, después de que su secretario, reunido con el gerente del comercio, le pusiera al corriente de la solvencia económica de don Tomás
La noticia corrió como la pólvora dentro y fuera del establecimiento. Y una hora más tarde el bazar se había llenado de curiosos y numerosos mendigos a la caza de alguna prebenda. No obstante y a pesar de que tuvieron que intervenir los guardias de seguridad del establecimiento, hubo regalos para los niños y promesas para los mayores. A lo que don Fernando, orgulloso del revuelo que había levantado su generosidad, sentíase cada vez más henchido de gozo.
Las anécdotas acaecidas hasta el cierre del local y los pormenores que las provocaron harían este relato interminable. Basta con añadir que, aquella noche, después de acompañar a Pedrito y a su madre hasta su casa, cargados de paquetes y llorando de alegría y agradecimiento, don Fernando regresó a su mansión, reunió a toda su servidumbre y brindaron por una feliz Noche Buena.
A la mañana siguiente de aquel memorable día, don Fernando, recuperada parte de su ilusión de vivir y consciente de que una pequeña obra de caridad le había hecho feliz, decidió ampliar la frontera de su generosidad más allá de su ciudad. Los criados dormían aún cuando don Fernando, pletórico y lleno de buenos deseos, convocó, a pesar de la temprana hora, a su secretario particular en la vasta biblioteca. Estaba radiante y deseaba que fuera aquel hombre, su mano derecha y guardián de todas sus riquezas, quien supiera, antes que nadie, el milagro experimentado.
Don Roberto acudió presuroso y alarmado por la premura con que su patrón le requería. Y sólo cuando estuvo ante él y lo escuchó hablar supo que algo milagroso había sucedido.
-Tome asiento, Roberto –empezó diciendo-. Tengo algo muy importante que comunicarle, pero antes, dígame: ¿nota algo raro en mí?
El pobre secretario, acostumbrado a ser tratado con indiferencia y despotismo, carraspeó, miró a un lado y a otro, y dijo:
-¿Puedo ser sincero, señor?
-Debe ser sincero. Se lo ordeno –respondió con firmeza don Fernando.
-Pues…, le noto diferente, más jovial, mejor aspecto…, como si fuera otra persona aunque con la misma piel, si me permite la expresión –concluyó el fiel secretario dando un profundo suspiro de alivio.
-Soy diferente, amigo mío. Ayer tarde usted ha sido testigo del milagro. Cuando me he levantado aun dudaba si todo había sido un sueño o formaba parte de la realidad. Pero lo cierto es que me he levantado con unos deseos enormes de hacer el bien, de cambiar mi vida. Esta Navidad, querido secretario, quiero que sea distinta, luminosa, radiante e inolvidable; esta Navidad, si no estoy soñando, ya me siento feliz, feliz…
El aturdido secretario, que volvía a no dar crédito a lo que estaba escuchando, con los ojos muy abiertos, temblando como si tuviera frío, sin saber si su jefe estaba bajo algún extraño síndrome o influencia maligna, se limitó a asentir con un movimiento de cabeza, mientras su boca, como la de un bobo, permanecía entreabierta.
-Me crea o no, eso me trae sin cuidado, querido secretario. Lo cierto es que quiero, o mejor dicho, le ordeno que tome nota de lo que voy a dictarle. ¡Ah!, y no se moleste si compruebo que todo se lleva a cabo según mis instrucciones –dijo don Fernando.
El secretario se levantó, cogió papel y pluma y se dispuso a escribir todo aquello que, por increíble que pareciera, saldría de labios del señor de la casa.
“Verás, Roberto, ante todo quiero que mandes urgentemente un médico a casa de Pedrito para que cure a su abuelita. Después, porque la salud es lo más importante, nos vamos a dedicar a la felicidad de los niños; niños de todo el mundo, hasta donde alcance mi fortuna…
-Pero, señor… –interrumpió el secretario, convencido ya de la locura de su jefe.
-No me interrumpa, Roberto. He dicho, niños de todo el mundo, y basta. Usted, limítese a escribir y después ejecute mis planes. No hay tiempo que perder…
Llegado a este punto, el pobre secretario estimó que había llegado el momento de actuar: se levantó, dejó papel y lápiz sobre la mesa y salió de la estancia, o, al menos, lo intentó. Porque don Fernando le detuvo con una voz que atronó el aire:
-¿A dónde va usted? ¿No le he dicho que tome nota de las instrucciones que le voy a dictar?
El secretario se detuvo en seco como accionado por un resorte invisible.
-Iba a avisar a su médico… -dijo sin volver la vista atrás.
Don Fernando enrojeció de arrebato. Por primera vez desde que despertara aquella mañana, montó en cólera.
-¿Cree usted de veras que necesito un médico porque quiero ser generoso? Pues se equivoca usted. Mi medicina no es sino la felicidad que no tengo y que ya sé dónde está. Así que vuelva a sentarse y déjese de médicos. Pero antes, Roberto, dígame una cosa: “¿Cree usted que la conciencia tiene rostro?
Don Roberto, o señor Rodríguez, o amanuense, como ustedes prefieran llamarle, sonrió, pensando con toda seguridad que su amo, si no estaba loco poco le faltaba. No obstante, respondió:
-Dicen que el rostro es el espejo del alma…
Don Fernando se dio por satisfecho con aquella respuesta casi inteligente, según él. Seguidamente, se levantó, atravesó la amplia habitación y fue a mirarse a un gran espejo que presidía el extremo de la biblioteca.
Volvió sonriendo, y retomando su papel de jefe, dijo:
-Vamos, Roberto, dejémonos de pamplinas. Toca escribir.
El paciente y fiel secretario volvió a tomar asiento, cogió papel y pluma y esperó el dictado no sin cierta sospecha de que lo que allí escribiera iría a parar al cesto de los papeles. Sin embargo pronto se dio cuenta de que no sería así.
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Mientras tanto, al otro lado de la puerta, el mayordomo, que ya había alertado sobre la posible perturbación de su dueño y señor, estaba presto a intervenir. Momentos antes, cuando don Fernando le ordenó que localizara al secretario con urgencia, notó que algo fuera de lo habitual había desencadenado una extraña e inquietante euforia en el dueño de la casa, a pesar de que la noche anterior también había tenido un gesto inusual. Por eso no se extrañó que, tan pronto como franqueó el paso al secretario, éste le rogó, encarecidamente, que se mantuviera alerta por si fuera necesaria su intervención. En vista de ello, podemos imaginar, desde el primer sirviente hasta el último servidor de aquella mansión, todos aventuraron mil y una conjeturas acerca del nuevo mal que había hecho acto de presencia en la extravagante paranoia del señor de la casa.
Pero dejemos a los sirvientes con sus cábalas y volvamos junto a don Fernando que, mientras tanto, ya había dictado siete folios a su secretario al tiempo que recorría la estancia dando grandes zancadas, deteniéndose a veces y, otras, girando sobre sus talones como un feliz bailarín. Como es lógico el secretario, que seguía sus evoluciones y anotaba sus palabras, no salía de su asombro. Aquel espectáculo, por llamarle de alguna manera, no debía ser sino producto de un milagro o de un ser cuyas facultades mentales estaban extraviadas; punto que se confirmó cuando don Fernando, sonriendo como nunca antes lo había visto el pobre amanuense, le dijo que quería ir a África, a América y a Oceanía con un buque cargado de víveres, medicinas, mantas, vestidos… y, sobre todo, juguetes.
-¿Juguetes, señor? –interrogó el secretario sin poder contener su sorpresa.
-Eso he dicho, Roberto: J U G U E T E S, juguetes para esos niños, que pronto vendrán los Reyes Magos de Oriente. Quiero ver el brillo de sus ojos cuando, después de saciar su hambre y vestido sus cuerpos, le entreguemos esos trastos que tanto ilusionan a niños. Deseo verlos felices, tanto como a Pedrito porque, aunque le parezca extraño, ahí radica el mal que me aqueja.
Dicho esto, abrió el gran ventanal que daba al jardín. Seguía nevando y los copos, como algodones silenciosos, se iban posando en las ramas de los árboles, sobre la hierba, sobre los corazones…
-Venga, Roberto. ¿Verdad que es hermoso el espectáculo?
Pero el amanuense no pudo pronunciar palabra. Seguía mudo, con la lengua soldada al paladar, por la sorpresa.
Después, cerró la ventana, volvió al centro de la habitación y, como un orador que se dispone a lanzar un importante discurso, agregó:
-Tome nota y convoque una urgente rueda a todas esas organizaciones…, onegés, me parece que se llaman, a los que voy a comunicar mi decisión. Los conocimientos de estas personas me serán de gran utilidad para repartir la felicidad que ahora me embarga.
A partir de aquella mañana y todas las mañanas que siguieron a aquel memorable día, don Fernando no descansó hasta que todo estuvo listo. Y cuando cerraba los ojos para descansar y recuperar fuerzas se veía rodeado de niños satisfechos, niños de grandes ojos que alzaban sus manitas agradecidas hacia él. Sólo ese pensamiento le hacía feliz. Y su felicidad era tal, que no sólo recuperó la salud perdida sino que, además, contagió de amor y entrega a todos lo que le rodeaban. Permanecer a su lado era una fiesta, tal era el contenido de sus palabras, el ardor con que las pronunciaba y la generosidad que demostraba. Atrás quedaron pronto todos esos objetos en los que él buscó felicidad; pronto olvidó el oscuro pozo de su depresión y, hasta las flores de su jardín, a pesar de ser crudo invierno, le parecieron más hermosas, el sol más brillante y la nieve que tapizaba los campos, más luminosa. Y aunque su fortuna mermó considerablemente al desprenderse de muchos de sus bienes, logró ser el hombre más feliz de la tierra. Pero lo que nunca consiguió saber es quién puso en su camino a aquel muchachito, diminuto y vestido de harapos que tenía su carita pegada a la luna del bazar, ni tampoco que su felicidad dependiera de la mirada de un niño, un niño feliz.
FIN
viernes, 16 de noviembre de 2007
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