(Dialogo entre un falso demente y un hipotético cuerdo)
Ya había tenido un hijo, plantado un árbol, escrito un libro y volado en globo cuando creí haber cumplido con todo aquello que debía realizar un hombre llegado a la madurez. Pero no había contado con un sueño que me había acompañado en los últimos años de mi vida: convivir durante unas horas con locos en un manicomio. Quimera que, aunque no dejaba de ser un tanto estrafalaria, me hacía ilusión. En realidad, sentía verdadera curiosidad y también albergaba mis dudas sobre el verdadero estado demencial de los internados en un manicomio.
Por eso, después de mucho ir y venir, remover Roma con Santiago y echar mano a mis influyentes amistades, logré autorización para realizar mi sueño: visitar, a mi antojo, la sección de locos no peligrosos del Sanatorio de San Juan en una ciudad cualquiera.
.-.-.-.-.-.
Era mediodía, el sol brillaba con toda su intensidad y la primavera prometía ser radiante, cuando llegué ante la puerta del internado. Llamé al timbre y esperé respuesta. Mientras aguardaba a que alguien saliera a mi encuentro, me entretuve observando a algunos de los internos que, no muy lejos de la verja fuertemente protegida, deambulaban por la espaciosa zona ajardinada del sanatorio; personas que, si no fuera por su estrafalaria vestimenta, podrían pasar por gentes normales, (si por “personas normales” entendemos a aquellos que estábamos al otro lado de la barrera). Pero, en fin, allí estaba yo con mi mochila al hombro, un par de bocadillos, una botella de agua, un libro, un bloc de notas, algunos caramelos, un pequeño magnetófono y un paquete de cigarrillos americanos a pesar de que nunca fumé. Al rato se presentó un hombre de complexión fuerte, modales rudos, cabeza grande y pelo rapado que, sin abrir la reja, me preguntó qué deseaba. Me identifiqué, hizo una llamada desde un pequeño radio transmisor y me franqueó el paso. Cinco minutos más tarde, un señor con bata blanca, bajito y cabeza de boxeador, me acompañó hasta un extremo del vasto jardín lleno de árboles, bancos de piedra, fuentes donde saciar la sed y sombrajos de paja para cuando apretara el calor. Durante el recorrido, no abrió la boca, sólo habló cuando llegamos a lo que parecía ser el epicentro de aquella especie de paraíso.
-Elija el que más le guste. Todos están igual de locos… ¡Ah!, se me olvidaba: cuando se canse, avíseme –dijo trazando un círculo con su brazo que abarcaba la zona por donde deambulaban varios internos.
Después dio media vuelta y desapareció dándome la espalda. Reaccioné, y antes de que se alejara, le pregunté:
-¿Y cómo le localizo?
El cuidador de cara de perro bóxer, frenó en seco, dio media vuelta y, señalando una pequeña campana que había a unos metros de distancia, contestó:
-Hágala sonar tres veces. Alguien acudirá para acompañarle.
A partir de aquel momento, y como sujeto por un potente imán, quedé un rato sin saber qué dirección tomar, qué hacer y, mucho menos, a quién abordar para saciar mi curiosidad. No obstante, después de recapacitar y pasear mí mirada a mí alrededor, decidí abordar a un hombre de mediana edad que, sentado en un banco de madera a la sombra de una enorme acacia, parecía estar ensimismado en la lectura de un libro. Me acerqué a él y le pregunté:
-Me puedo sentar a su lado.
El presunto loco, sin apenas mirarme ni apartar la vista del libro, (que por cierto estaba al revés), se encogió de hombros, como dándome a entender que hiciera lo que me viniera en gana. Me senté cerca de él, en el mismo banco. Así permanecí un rato, en silencio, observando con el rabillo del ojo qué hacía con el libro. Al poco tiempo, y siempre sin dejar de mirar al libro, como si estuviese hipnotizado, aquel hombre habló para decirme:
-¿Usted también está loco?
-No – le respondí.
-¿Entonces qué hace aquí?
No esperaba esa pregunta y menos de alguien que, por el solo hecho de estar allí ingresado, se suponía debería tener sus facultades mentales perturbadas. No obstante, a la sorpresa que ello me produjo, le respondí:
-Quiero saber, o mejor dicho, tengo curiosidad por saber qué vida hacen ustedes aquí.
-¡Ah! Ya lo imaginaba. Usted es uno de esos entrometidos de ahí fuera que vienen a meter su nariz donde nadie leS ha llamado, ¿verdad?
Una respuesta cargada de realismo que también me cogió por sorpresa y a la que contesté como pude.
-La verdad es que así es. Ya se lo he dicho antes. Me interesa saber cómo viven y qué hacen las personas dementes…
El hipotético demente se levantó de un salto, como impulsado por un resorte, se levantó, se plantó frente a mí y, rojo de ira, me increpó:
-¿Se atreve usted a llamar dementes a los que estamos aquí? Entonces, ¿cómo se puede catalogar a las personas, a los cuerdos, del otro lado de esa verja? ¡Dígamelo, si es que lo sabe!
Confieso que me asusté ante la inusitada reacción de aquel hombre, y estuve a punto de correr y tocar la campana. Pero me contuve porque aquel hombre, quizá con sobrados motivos, creía que los locos estaban al otro lado de la verja, fuera, y no allí. Me disculpé como pude:
-Cálmese, señor. No era mi intención ofenderle…
El posible chiflado se sentó, buscó en sus bolsillos algo que no lograba encontrar y, al fin, desilusionado, observó:
-¡Vaya! ¡Otra vez me han quitado los cigarrillos!
Vi el cielo abierto cuando recordé el paquete de cigarrillos que, providencialmente, llevaba en mi mochila.
-No se preocupe, yo tengo tabaco.
Le ofrecí uno y se lo encendí.
Suspiró profundamente ya más calmado, dio varias caladas profundas al cigarrillo, cuya fumarada, desde lo más profundo de sus pulmones, arrojaba como un dragón mítico por sus fosas nasales. Al rato, con el cigarrillo aún entre sus labios y sin dejar de echar humo como una locomotora, dijo:
-Siento haberle chillado, señor. Pero si usted supiera por qué estoy aquí quizá comprendería mi arrebato de cólera…
-¿Qué le pasó, si se puede saber? –le pregunté curioso.
El loco arrojó la colilla del cigarrillo lejos de sí, cerró los ojos, los abrió, me miró de arriba abajo y preguntó:
-¿Qué haría usted si el mismo día que le despiden del trabajo se entera de que su mujer le engaña con su mejor amigo?
Tragué saliva, aspiré aire y volví a sentirme perdido en un laberinto.
-No sé. Nunca he estado en ese trance ni espero vivirlo…
-Bien. Pues a mí me ocurrió y por eso estoy aquí; no ya prisionero, ni a la fuerza, sino por propia voluntad…
-Explíquese, por favor –le dije cada vez más interesado por aquel loco no tan loco.
“Ocurrió un día. Me imagino que ambas cosas se estaban fraguando desde tiempo atrás; pero yo, como es lógico, no lo sabía. Y el mismo día en que mi jefe, nada más llegar yo al trabajo, me mandó llamar para darme la noticia… Ese mazazo que le asestan a uno sin esperarlo y que cambia el rumbo de la vida del más templado de los mortales... Me entregó la carta de despido alegando reajuste de plantilla. Pasé por caja, cobré mi finiquito y salí a la calle abatido. Deambulé por la ciudad un par de horas. Buscaba las frases justas y precisas para comunicárselo a mi esposa; preparaba un discurso cuyas palabras, (porque no existían en mi léxico), desconocía. Cuando llegué a casa, la sorprendí in fraganti, con las manos en la masa, o mejor dicho, en la cama con uno de mis mejores amigos… ¿Se imagina la sorpresa para un hombre al borde del abismo?”
-¿Y qué hizo? ¿Cómo reaccionó, usted? –le pregunté.
-Civilizadamente, como jamás creí que podría comportarme en una situación así. Sin embargo, unos días más tarde, en frío y con alevosía, le propiné una paliza a mi mujer, traté de estrangular a mi amigo y atropellar a mi ex jefe. Tres faltas graves por las que me condenaron, con la eximente de enajenación mental transitoria, al manicomio. Cinco años de encierro, quitado de la circulación, hasta que sanara. Después debería ingresar en prisión durante otros tantos años. Los jueces, ¡ay, amigo!, aquellos togados dijeron que estaba loco y me metieron en este agujero, hasta hoy.
-¿Cuánto hace de eso? –pregunté.
-Diez años y cuatro meses…
-¡Qué barbaridad! –exclamé.
-Sí, señor. Y aquí, si no me echan a la calle, moriré. Y, en realidad, ya no quiero volver ahí fuera. Aquí estoy protegido: no me puede atropellar un coche, ni asaltar ladrones, ni pegar un navajazo para robarme el reloj, ni ponerme los cuernos y, mucho menos, despedirme del trabajo. Aquí estoy en pensión completa y a salvo, lejos de la barbarie del asfalto y de la sociedad moderna ¡Adónde podría ir yo a mis años! Me moriría de asco, como una rata, en cualquier rincón de la inhóspita ciudad… Los locos, señor mío, están ahí fuera. Ahí se matan, persiguen, engañan, pisotean, mienten… ¿No lee usted la prensa ni ve la televisión? ¿Y qué es lo lee, que es lo que ve y escucha? ¡Eh, amigo!
Traté de contestar pero aquel hombre no me dejó.
-No, no me conteste. Yo se lo diré: asesinatos, tragedias, guerras, luchas por el poder, envidias… Todo es mentira. Cuanto más vivo en esta sociedad más ganas me entra de quedarme aquí, y para siempre. ¿Comprende?
Le comprendí. Y me di cuenta de que no estaba loco. Sus palabras eran tan cuerdas como lo podrían ser las del más sensato de los mortales. Sólo acerté a preguntarle:
-Y si no está loco, como creo que no está, ¿cómo hace para que no le saquen de aquí y le lleven a la cárcel?
El dudoso loco me miró fijamente a los ojos.
-Júreme que guardará el secreto –dijo.
Levanté mi mano derecha y juré.
-Cada mes, cuando viene el inspector para hacer revisión, hago alguna trastada. Algunas son tan geniales que los mismos cuidadores, y el propio inspector, salen convencidos de que sigo loco de remate, pero no tan peligroso como para despojarme de esta relativa y suficiente libertad de la que gozo.
-Y ese de ahí ¿también está tan loco como usted? –le pregunté con ironía.
-¿Se refiere al que está tumbado sobre la hierba?
-Sí.
-Ese es el más listo de todos nosotros. No solo se pasa el día tumbado porque dice estar escuchando cómo crece la hierba sino que, además, se está “beneficiando” a una joven interna que, supongo, tampoco está loca… ¿Se puede pedir algo más de la vida? Alimento, atención médica, nadie te molesta, cada uno a su rollo y, además, satisfecho…
Me hizo un guiño, pidió otro pitillo y se despidió de mí, diciéndome:
-Vuelva otro día, cuando quiera, si antes no se ha muerto de infarto, le ha atropellado un coche o le han asestado un navajazo, amigo…
.-.-.-.-.
Las últimas palabras de aquel “demente” aún permanecían en mis oídos cuando salí a la calle. Me sentía confuso. Si antes de aquella entrevista albergaba mis dudas sobre la conducta de las personas que me rodaban, ahora, después de charlar con aquel hipotético loco, estaba convencido de que mis temores no eran infundados. Sumido en esas cavilaciones cruce la calle sin darme cuenta de que el semáforo estaba en rojo. El chirrido de un coche que frenaba violentamente y el grito de una mujer me sacaron de mi exilio mental. Estuve a punto de sucumbir en el asfalto. Las palabras del demente, como premonición, se cumplieron. Entonces pensé que no estaría de más, si las cosas se terciaban, hacerse el loco para ser ingresado allí, junto a un hipotético loco más listo que cualquier otro cuerdo.
domingo, 26 de noviembre de 2006
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