jueves, 7 de septiembre de 2006

Sinfonía de Goteras

Visionaba yo, no hace mucho, la reciente versión de El Conde de Montecristo, protagonizada magistralmente por Gerard Depardieu. El actor, como todo sabemos, encarna el papel de un multimillonario "aristócrata" que, al mismo tiempo que se venga de los daños que le han infligido, se convierte en ángel bueno solucionando, por donde quiera que pasa, situaciones que sólo el vil metal oro puede solucionar. Como era de esperar, el protagonista, cae perdidamente enamorado de una bellísima y joven viuda que ha heredado, aparte de una precaria situación económica, una lujosa y vieja mansión.

En una de las escenas, en la que está lloviendo torrencialmente, un primer plano se encarga de enfocar a un recipiente de fina loza que recoge el agua de una delatora gotera que cae desde el artesonado techo. Está claro que ese primer plano, ese enfoque de la cámara no tiene otro objetivo sino el de denunciar el precario estado de la cubierta del palacete.

Pues bien, este simple detalle me hizo retroceder a mi niñez para trasladarme, en el tiempo, a la casona de un amigo de clase que, en los días de lluvia, su casa se transformaba en una particular caja de música. Los más variados recipientes estaban estratégicamente situados por el suelo, encima de mesas, armarios y hasta del propio piano de cola con la sola misión de recoger las numerosas goteras que, machacona y vejatoriamente, caían desde el techo: cli, cla, clon, shaf, shof, shuf... El sonido dependía del recipiente. Porque no era el mismo si caía dentro de una marmita medio vacía que a punto de derramarse, ni tampoco era igual a aquella intrépida gota que, con tino, se colaba por la boca de un fino florero, y distinto cuando embarcaba en un recipiente vacío de hojalata.

Recuerdo que un día, mientras mi amigo recibía amonestación materna para que no llevara a casa amigos los días de lluvia, yo contabilicé hasta treinta recipientes distintos sólo en las dos habitaciones a las que tuve acceso. Y recuerdo, como si aún llegara a mis oídos, el heterogéneo y musical sonido del agua al llegar a su destino; agua de lluvia que, por razones obvias, se colaba por donde no debía. Así es la vida hasta que un día y una película te hacen retroceder en el tiempo. Y luego para que digan que cualquier tiempo pasado fue mejor...