martes, 7 de febrero de 2006

El Laberinto

Afirmaba Eleuterio Martínez, porque realmente estaba convencido, que él, en su otra vida, fue ave; y no un pájaro cualquiera sino majestuoso halcón que surcaba los cielos en entera libertad. Lo confesó en reiteradas ocasiones y, aunque siempre lo hizo con gran énfasis y no menos convencimiento, nadie le creyó; ninguno, a excepción de un viejo pastor que apacentaba su rebaño por los montes y valles del condado.

Se conocieron en la montaña a donde encaminaba sus pasos cuando sus obligaciones y sus piernas se lo permitían. Pronto trabaron una gran amistad, y mientras el rebaño pastaba a sus anchas, monte arriba, ellos mantenían animadas charlas que siempre terminaban en temas relacionados con el más allá. Argumentos que el viejo pastor siempre creyó y cuyas teorías apoyó desde el primer día incluso cuando, una tarde, estando el sol a punto de ocultarse, Eleuterio Martínez le juró por lo más sagrado su anterior vida de pájaro. Fue a partir de ese día cuando el ovejero ya no tuvo dudas de la sinceridad de su amigo, porque un juramento a los ojos del humilde hombre de la montaña era algo muy serio. Sin embargo, días después, cuando ambos se sinceraban y abrían sus corazones y creencias, el humilde cabrero le dijo:

-No hacía falta que jurase, porque yo le hubiese creído igualmente.

Después guardaron silencio durante un rato hasta que habló el hombre de la ciudad.

-Le agradezco su fe en mí –dijo Eleuterio Martínez.

-No tiene importancia porque también yo tengo que hacerle una confesión: mi cabra Margarita es la viva estampa de mi difunta esposa.

-¿Y cómo lo sabe usted? –aventuró a preguntar Eleuterio Martínez-.

-Muy fácil: por el carácter indómito y beligerante que poseía mi santa esposa –sentenció el viejo pastor.

-¿Y eso que tiene que ver con la cabra? –insistió Eleuterio Martínez-.

-Mire usted, don Eleuterio, nada más observarla, aquella, la que tiene pintas en el lomo y que da brincos como si estuviera poseída... Esa cabra, querido amigo, y la descansá de mi mujer son como dos gotas de agua. ¡Si usted la hubiera conocido lo entendería! Es su vivo retrato.

Eleuterio Martínez miró atónito los brincos de la susodicha cabra y, aunque él también creía en la reencarnación por encima de todo como dogma de fe, no estaba dispuesto a tragarse aquello de que aquel inquieto animal fuera la difunta esposa del ganadero, reencarnada en forma de cabra montuna. No obstante, y para que él mismo fuese creído, aceptó los argumentos del buen pastor quién, de vez en cuando, honda en ristre, largaba una pedrada a su margarita, para tranquilizarla. A partir de aquella tarde de mutuas confidencias ambos hombres se dedicaron a defender con inusitado ardor, en el marco de su pobre auditorio, los argumentos que demostraban que era posible la reencarnación después de la muerte; una especie de tránsito inmediato al óbito a veces, y otras, después de que las almas, desprendidas de la materia, deambularan errantes en busca de un cuerpo que las recibiera.

-Verá usted –le dijo una tarde al viejo pastor, que estaba sentado sobre una roca, absorto en el discurso de su amigo el hombre de ciudad -nosotros estamos compuestos de cuerpo y alma. Esto último es lo que nos diferencia del resto de los animales. Por eso sentimos, tenemos pasiones y sufrimos. Pues bien, cuando morimos, ambas partes se separan. El cuerpo queda en la tierra, retorna a su procedencia, al barro del que está compuesto. Sin embargo el alma vuela en busca de otro cuerpo que la albergue, un cuerpo que debe nacer a la vida en ese mismo momento. No sé si me comprende…

-A medias, don Eleuterio. Sólo a medias. Usted es un hombre de estudios. Yo, en cambio, soy un pobre gañan que no sabe leer ni escribir y que aprendí, lo poco que sé, de la mano de la madre naturaleza, teniendo como compañía mi rebaño, el calor del Sol durante el día y la luz de la Luna en las eternas noches. Así aprendí lo poco que tengo en mis sesos… Los inviernos en el valle, cerca del refugio, donde bajábamos en busca del pasto fresco, huyendo de las nieves y la ventisca… Los veranos en el monte, a donde subimos nada más entrar la primavera, y donde permanecemos hasta que el mal tiempo nos echa para abajo. Mientras tanto, dormimos a la intemperie bajo un techo plagado de estrellas parpadeantes…; estrellas que conozco de memoria, si señor… Ese soy yo, don Eleuterio. Esto que nos rodea ha sido, desde muy niño, mi escuela y, también, la escuela de mis padres y de mis abuelos. Sin embargo, para que usted lo sepa, mi Margarita sabía leer y escribir y, aunque estaba tan chiflada como esa cabra, tenía buen corazón y me quería a su manera. ¡Fíjese si me amaba que hasta después de la muerte ha querido seguir a mi lado…!

Eleuterio Martínez observaba, con una mezcla de pena y envidia, al viejo pastor, un pobre don nadie aferrado a su creencia de la misma manera que se asía al cayado para andar los tortuosos caminos de la montaña por propia conveniencia o, tal vez, para ahuyentar la soledad y mantener de esa forma la fe en ésta y en la futura vida.

Una tarde, estando ambos sentados en la falda del monte con la vista perdida en el horizonte, el viejo pastor preguntó:

-¿Y cómo sabe usted que en la otra vida fue un pájaro?

-Muy sencillo –contestó Eleuterio Martínez-. Porque hablo su mismo idioma y me entiendo con ellos tanto o mejor que con usted, y sobre todo: porque los amo. Sufro cuando ellas padecen, y paso hambre cuando no tienen qué comer. En fin, amigo mío, me identifico con todos esos seres vivos porque, en realidad, me siento como uno de ellos, sólo que con otra forma. Pero no es menos cierto que a ciertas aves las entiendo mejor que a otras. Eso pasa también con las personas. Por eso me invade la duda cuando se me preguntan si fui gavilán, halcón o paloma. Y yo respondo que tal vez fui un simple gorrión, inquieto. Pero no lo sé, no lo puedo afirmar ni tampoco me importa. Pero fui un ave. Eso no me cabe la menor duda…

-Parece usted muy seguro –observó el pastor-.

-Ciertamente. Pero también me asaltan dudas cuando, con sorna, me preguntan si fui un pájaro macho o hembra. Ya sabe usted cómo son las gentes y las ganas de broma que tienen… Vaya usted a saber el sexo que tuve. Me imagino que fui macho, como lo soy ahora. No obstante existen muchas razones para pensar como pienso, y no menos temores cuando veo la persecución, indiscriminada, del hombre en pos de esos pobres pájaros que a nadie han hecho mal. Todo lo contrario: cada familia de aves tiene un cometido en el equilibrio de nuestro sistema. Mantienen la atmósfera limpia de insectos, devoran la carroña de animales muertos, colaboran con la polinización… Y lo que es más misterioso aún: emigran puntualmente a países más cálidos, y regresan a sus nidos, año tras año, después de recorrer miles de kilómetros, cuando llega la primavera. ¿Dígame usted si son o no son inteligentes ni benefactoras las aves?

El pastor no supo qué contestar aunque estaba de acuerdo con él. Sin embargo, su mundo, el mundo que le rodeaba, era aquel que había conocido desde pequeño y que no deseaba cambiar. A partir de ahí no le preocupaba nada más y sobre todo si estaba relacionado con los seres humanos. Por eso, al igual que Eleuterio Martínez, se aferraba a la idea de la reencarnación como una experiencia futura cargada de esperanza. Aunque había algo que no comprendía –confesó un día-.

-No estoy de acuerdo con que me hayan devuelto a mi querida Margarita convertida en cabra. No estoy conforme, por que de no haber caído en mi rebaño, quizá hoy habría ido a parar a algún matadero para ser sacrificada y vendida por carne. Por lo demás, es su vivo retrato y, aunque en vida no fue muy cariñosa, que digamos, Ahora Se pasa el día a mi lado lamiéndome las pantorrillas.

Eran razones de peso que consolaban al pobre pastor. En caso contrario no hubiera creído, ni tan siquiera, en otra vida. Con una bastaba. Por eso mantuvo la cabeza erguida, los brazos apoyados en su cayado de madera y la mirada perdida en ninguna parte.

Eleuterio Martínez no esperó la respuesta y continuó declamando al aire, teniendo como música de fondo el canto de las chicharras, como si estuviera dando una lección magistral sobre aves y su comportamiento, ante un ensimismado pastor que no acertaba comprender tanta palabra rebuscada.

-…Pues que usted sepa, querido amigo, que esas mismas personas que me niegan el derecho a la credibilidad afirman, detrás de mí, haberme visto hablar con las gaviotas cuando bajo a la playa y con las águilas cuando subo al monte. Y es bien cierto. También se rumorea, y no lo niego, que doy de comer a los gorriones en mi propia mano, y que los acaricio con dulzura, como se acaricia a un ser querido…

Pero en la aldea también se rumoreaban más cosas acerca del hombre con complejo de pájaro. Afirmaban que estaba loco porque, en más de una ocasión le vieron, recortada su silueta en el horizonte, agitar sus brazos como lo hacen los pájaros antes de iniciar el vuelo.

Poco a poco los rumores sobre la demencia de aquel hombre arraigaron con fuerza en la mente de sus vecinos y le fueron dejando solo, aislado en sus teorías y en su mundo de libertad. Por eso no era feliz.

-¿Cómo puedo ser feliz siendo un apátrida de mí mismo? –se quejó un día ante el viejo pastor.

A pesar de ello siguió soñando con su vida anterior, cuando fue pájaro libre que, por no tener, nunca tuvo un lugar fijo donde posarse cuando llegaba la noche. No obstante, desde que fue hombre, envidió la elegancia de las gaviotas, el majestuoso vuelo de las águilas y a los humildes gorriones. Parecía como si Eleuterio Martínez diera vueltas y más vueltas por los intricados y engañosos recovecos de un laberinto, el laberinto de lo que fue, lo que era y pudo haber sido. Todo ello no era sino el laberinto de su propia vida.

Un día le preguntó al viejo gañán:

-¿Y a usted cómo le gustaría ser reencarnado después de muerto?

-Qué más da –respondió éste- lo único que le pido al destino es que me trate mejor; dormir cada noche en cama limpia, fresca en verano y caliente en invierno y, si no es mucho pedir, junto a una mujer como mi Margarita…

-No, la verdad es que se conforma con poco –observó Eleuterio Martínez.

-¿Y a usted? –quiso saber el pastor.

-¿A mí? Eso no hay ni que preguntarlo: ave. A ser posible un águila real, de esas cuyo vuelo es majestuoso y sereno y que está prohibido cazar… Son dueñas del espacio.

-Usted pide mucho, aunque bien mirado, pide lo que sueña y le gustaría tener. Como yo.

Después de aquella conversación. No se sabe por qué razón las visitas al monte y las charlas con el viejo pastor fueron esparciéndose paulatinamente. Quizá Eleuterio Martínez estaba viejo y cansado y el esfuerzo de subir hasta el monte era demasiado para su quebrada salud. Además ya no tenían de qué hablar, cada uno conocía el alma y las penas del otro, así que las últimas veces que se vieron apenas cruzaron palabras. Absortos en sus propios pensamientos esperaban la caída de la tarde, mientras en su interior luchaban con sueños desvanecidos por el tiempo… Y así fue como Eleuterio Martínez dejó de subir al monte, de frecuentar la taberna y de pregonar a los cuatro vientos que él, en su otra vida, fue pájaro. Eleuterio Martínez había caído enfermo de gravedad. Una mañana, al alba, en la soledad de su alcoba, sin más compañía que los recuerdos, a esa hora en la que los pájaros salen de sus nidos en busca del sustento, el alma de Eleuterio Martínez abandonó aquel cuerpo con el que nunca estuvo conforme, y voló libre.

El otoño estaba cerca y el viejo pastor preparaba su rebaño para bajar al valle. Hacía tiempo que Eleuterio Martínez no subía al monte y se preguntaba qué habría sido de aquel extraño hombre que afirmaba haber sido pájaro y que tanto amaba a las aves. No obstante la prolongada ausencia, el pastor no perdió la esperanza y oteaba el camino por donde siempre le vio subir con la respiración entrecortada pero la cara radiante de la felicidad. Después se sentaba y cuando recuperaba la voz y el aliento, comenzaba a hablar sin dejar de mirar en derredor, como queriendo beber con los ojos todo lo que nos rodeaba, tal vez intentando gravar en su alma aquellas imágenes placenteras. A media mañana desenvolvía un pequeño su bocadillo cuya mitad esparcía a sus pies: “Para los animalillos que no tienen que comer” –solía decir.

Con las primeras lluvias el pastor abandonó el monte y bajó al valle. Ya no oteaba el camino para ver si llegaba el extraño compañero. Con el paso del tiempo aquel pastor olvidó a Eleuterio Martínez. Un nuevo amigo, que acudía puntual cada tarde, había suplantado el recuerdo del hombre pájaro: se trataba de un joven gorrión, atrevido y simpático, que revoloteaba confiado junto al viejo pastor hasta posarse en su mano donde comía las migajas de pan que éste le daba. ¿Tenía que ver algo aquel humilde pajarillo con el viejo amigo cuya vida era un laberinto lleno de preguntas?

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